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Archive for 31 agosto 2008

Las condenadas

Me cuenta mi tío Iulius Felix Catón cómo en Pamplona había unas chicas a las que su madre quería casar “con un conde o nada”. Al final acabaron con lo último, condenadas a la soltería. Y así se las conoció toda su vida: Las condenadas.

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Pero los toreras/as, vascos y vascas, están hechos de otra pasta. Yo directamente me habría echado a llorar, me habría quitado el traje de luces y me habría largado. Debe de ser jodido tener que matar un toro y que se te resista el endemoniado, hasta tal punto que “gane” al torero, que no consiguió tumbarlo.

Ayer aprendí mucho sobre toros. Como que cuesta enormemente ver al animal como un bicho no pre-determinado a morir en la plaza. No pre-determinado a que le claven banderillas que le pican como un dardo del infierno o que le metan la pulla como un castigo por no se sabe bien qué.  Tiene más miedo el toro que el torero, y se le oye la respiración e incluso unos gemidos guturales que no suenan a nada bueno. Llevamos desde pequeños asociando todos a lidia, como se asocia el deporte con la buena salud, cuando ambas cosas nunca nacieron de la mano.

Por la noche, tras el paso por esos hoteles que están como diseñados para los toreros, tomamos algo con un “matador de toros”, Julián Zamora. Le pregunté por el origen del toreo. “La lucha”. ¿Y el toreo moderno? Me habló de Paquiro y otros, que le dieron la configuración de espectáculo actual. Antes, debía de ser como un duelo hercúleo para matar de la manera más tosca posible al morlaco, mareándolo, pinchándolo y yendo por él en plan bravucón. ¿Pero cuándo se inventó y por qué? “Era un espectáculo de reyes, un divertimento de la aristocracia”, nos contó con ese aire fibroso y energético de los toreros. También nos dijo otras cosas interesantes, como que un buen toro que se lidie en Las Ventas puede costar unos 14.000 euros (que se ingresa el ganadero). Un toro cualquiera, novillo incluso, para fiestas de Tarazona: unos 3.000 euros. Alimentarlo al año: otros 3.000 maravedíes para el ganadero. Venderlo al carnicero, 180 míseros amarrecos.

Le pregunté si había toreado en Pamplona, esa ciudad que a los de Pamplona nos aporta como una tradición taurina, aunque no tengamos ni idea de que es una chicuelina. “Sí”. Hablamos de Paquiro, el malogrado torero pamplonica, que acabó sus días matándose a si mismo, tristemente. Me dijo que había sido amigo suyo. Le hablé de una corrida triste que presencié con Beñat del Coso en el ídem pamplonés, en la que también el toro tuvo que volver a corrales, hecho unos zorros. Sangró por la boca, bramó, se retorció, caía, se levantaba, caía, se levantaba. Y Paquiro, en esa tarde pesada con el cielo panza de burra, le clavaba con el descabello ese sin puntería, sin inspiración. Gamocho, que así se llamaba (el otro día lo cité en el post sobre la tristeza), murió, y mató también la ilusión de aquel torero. “Esa tarde estuve allí”, me dijo Julián Zamora.

Acabó la corrida de Ana Infante y me dio por bajar a inmiscuirme entre bastidores. Debía de ser la cerveza a estómago vacío lo que me envalentonó. Me colé en una zona extraña con caballos engalanados y niños revoltosos. De pronto, vi una imagen de esas impactantes. El toro, muerto ya, acabado el espectáculo, se convierte en mercancía inerte, una mole de carne que hay que despachar cuanto antes. Un señor regaba con una manguera la piscina de sangre que se iba formando, y la muchachada jugaba en griterío. Saqué mi cámara e hice con descaro una foto furtiva, esperando que me dieran un toque o algo peor; qué coño hacía allí.

Pensé en tantos toros muertos y en cómo les podían quitar la vida pero no la dignidad. Aquello me reconfortó aunque me dejó como un humor oscuro en el alma.

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He leído por ahí que en la faena de este jueves en Alcalá los toros eran mansurrones. Ni de coña. Se comentó después de la corrida, con ciencia cierta, que estaban “chutados”. Se ve que a los novillos les dan no sé qué Redbull Energy para que se pongan cabroncetes y que, por lo visto, así fue. “Les veías con los ojos haciendo chiribitas”, nos dijo la torera, que tuvo ayer una de sus tardes más desafortunadas (aunque durmió enterita, y eso quizá sea un éxito no poco importante). Estos animales se las hicieron pasar canutas a la buena Infante, que vivió ayer su pequeño calvario taurino, en una tarde surrealista de la que daré algunas pinceladas.

Nunca había estado en una plaza de segunda, o tercera, o lo que sea la de Alcalá, pero desde luego fue divertido. Como dijo Natua, “es como el teatro alternativo”. Es decir, tiene la cutrez de lo que se sale del circuito oficial, pero la intensidad de sentir los escupitazos del autor, los resoplidos del toro, la lencería de la actriz, el sonido de las banderillas colgantes al trastabillar contra los cuernos. Y diversos “bonus track” como que de pronto se fuera la luz y el banderillero de turno colocará sus pinchicos a oscuras y, poco después, con una musica atronadorilla de verbena de pueblo, una Shakira o similar. “¡Que quiten las bisbaladas!”, bramaba una animada clá de hombretones puroenmorro, cuya nicotina de faria me llevé de recuerdo y me pringa todo el paladar matutino.

Otro del encanto de estas plazas alternativas, es que el personal no se corta, como este grupito que os digo. “Si no lo matas, que Jaime Ostos le eche el aliento, ya verás que rápido se muere”, eran algunas de las gracietas que iban soltando. Y yo no podía evitar mi subir y bajar de hombros de la risa. No había mucha gente, pero sí estaba por allí el tal Ostos, Cayetano Mtnez. de Irujo y don Anson. Caché.

Observé cosas insólitas, en esa tarde tan anti-Hemingway en Alcalá. Por ejemplo, la sensación de triunfo no solicitado del toro al que mandan a corrales, porque no le han pegado la estocada de gracia en el tiempo reglamentario. Sin saber muy bien de qué va esta película, el torico se pasea ya tranquilo, a sus anchas, por el coso, mientras esos cabestros que recuerdan a los mamut se lo llevan con oficio y su silenciosa resignación. Luego dentro le pegarán el trabucazo, y poco más. Ocurrió dos veces, con dos toreros, (los viejos del lugar decían no haber visto cosa parecida nunca), y no pude evitar cierta sensación reconfortante ante el triunfo del animal sobre el hombre. De la naturaleza frente a la fiera humanidad.

Me dio pena, claro, por la torera, por ver que su función -matar al toro- había quedado frustrada.

(Continuará)

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Día de toros

Todos los días hay un torero que se levanta y siente el peso de la muerte sobre sus hombros. “De esta tarde no paso”. Di que la estadística de toreros muertos en la historia de la tauromaquía es ridícula -así a ojo creo que no llega a cincuenta-. Cualquiera de nosotros, al levantarse, podría sentir más miedo, simplemente por montarse en un metro, entrar en una oficina con enchufes o pasear por debajo de cornisos, si se atiene sólo a la estadística. Di que a lo mejor resulta que son los toreros quienes menos probabilidades de morir tienen de entre básicamente el conjunto de la sociedad, con su vida laxa de cortijos y dehesas en la que pastorean en los tranquilos inviernos.

Las estadísticas de hostiazos, que de esas del INE tiene menos, ya es otro cantar. Y si hay un oficio con alto riesgo de magullarse seriamente ese es el de matador de toros, más si uno tiene dormido el sentido el miedo -José Tomás- y ni se aparta cuando pasa la bestia. Así se habrá levantado hoy mi amiga Ana Infante, que torea este jueves en Alcalá de Henares. Decía Juan Belmonte (en el libro de Chaves Nogales) que los días previos a la corrida la barba crecía más rápido. “Es el miedo”. Y aseguraba sentir ese sutil crecimiento, como si los pelos fueran púas de cactus que se ponen a la defensiva, o espinas de la rosa, o el veneno de la anaconda. Un atávico mecanismo de protección. A Ana Infante el pelo se le pone naranja.

Hay muchos días en que cuesta levantarse. Por los marroncillos que hay que encarar. Yo, prefiero, no sé, que sean mínimos. Con uno al día basta y sobra. Pero enfrentarse a dos moles negruzcas de unos 600 kilos, cuando se pesa como doce veces menos, puede ser realmente angustioso. Los artistas y toreros, que cotizan en la misma categoría, tienen, además, ese lento transcurrir del tiempo hasta el momento decisivo. Le pregunté a la representante de una bailaora, María Carrasco, qué hacían entre concieto y concierto: “Intentar no caer en el alcoholismo”. Por eso todo el ritual de capillitas, el rollo de la vestimenta, del traje de luces, un lento proceso que tiene algo de barnizar el propio ataúd (Sabina). Veremos como se las apaña esta tarde. Nunca he visto a una mujer torear, nunca he tenido un amigo/a torero. Nunca he estado en Alcalá de Henarés. Quizá algún día me haga antitaurino, pero no desde luego antipersona. Mientras tanto, disfruto de la alegre inconsciencia. Día de toros.

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El martes vi una película buena, Grbavica: el secreto de Esma, sobre la vida de posguerra en Sarajevo. Una madre oculta a su adolescente hija la verdadera identidad -Identity- del padre muerto. La niña cree que es un mártir de guerra, un shahid,  cosa que tiene su toque de gloria por los pasillos del Instituto. Resulta que al final el padre no era tal héroe, sino uno de esos “escorpiones” que participaron en el genocidio de Srebrenica, donde mataron a unos 8.000 musulmanes bosnios. Y violó a la madre, claro.

La película te muestra esa rutina propia de las posguerras, en que pesa una sombra de dolor como en el cogote, por los muertos que se enterraron hace poco, por las vidas viudas, por los cadáveres que aún no se han podido siquiera identificar. Se habla a menudo de eso en la Bosnia en paz: “Ayer encontré por fin el cuerpo de mi padre” ó “Van a abrir una nueva fosa en Taltaltalvic”.

Nadie se extraña ante ese natural sentimiento de querer enterrar a tus muertos, más aún cuando han dejado esta vida por causas ajenas a la naturaleza, como es una guerra. Como nadie se extraña de que los familiares de las víctimas del vuelo JK5022 quieran llevarse cuanto antes a sus muertos identificados, y empezar cuanto antes la siguiente fase, la del luto.

Pero sí se han extrañado las gentes, sobre todo las de cierto partido popular, al fomentar un Gobierno la recuperación de las labores de exhumación de cuerpos para que familiares tan con derecho a todo como los de Bosnia o los de la tragedia de Barajas puedan, por fin, llorar a sus muertos como mandan los cánones. Más aún cuando unos sí lo pudieron hacer a tiempo y a otros se les privó porque un enanito flautín pasó del tema. No entiendo todavía cómo alguien puede estar en contra de que se permita, que se ayude, a localizar un padre muerto, y que se llame a eso “reabrir heridas del pasado”.

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En homenaje a Bro, que me sugirió este alegre experimento sobre la tristeza, ahí van unas aproximaciones hacia esa cosa melanosa que nos encoge el alma de vez en cuando. La primera es del antípodo que llegó un domingo, por su regreso a Españñña. Ongivenido!

La tristeza es volver cuando otros se van, o que unos se vayan cuando otros vuelven, o que los que vuelven tal vez no vuelvan a irse, o que los que se fueron tal vez no vuelvan.

Triste como una carnicería un sábado por la tarde.

Triste como una corrida de toros en San Fermín txikito. Con sirimiri. Y Paquiro. Y Gamocho.

Triste como los Juegos Paralímpicos.

Triste como un septiembre sin ningún fascículo que montar, ni ninguna empresa que emprender.

Triste como un matrimonio de vacaciones en Marina D’Or.

Triste como el barrio de San Juan -de Pamplona- un domingo de colegio.

Triste como el Segundo Ensanche -de Pamplona- un sábado por la tarde.

Triste como el tendero -Mambrú- del quiosco de la Taconera, un sábado o domingo por la tarde.

Triste como la tarde del 1 de enero: mal comienzo de año.

Triste como San Sebastián cuando pierde la Real.

Triste como ciertos empleados del peaje, que no dicen hola ni adiós.

Triste como un bocata, mustio y seco, de jamón, de Pransor.

Triste como mear en una estación de servicio de Ciudad Real.

Triste como la Atención al Cliente.

Triste como que te digan: ¡qué aproveche!

Triste como una de esas ensalasadas sin aliñar, con huevo duro de yema gris.

Triste como un camarero, de luto y blanco.

Triste como una mediana.

Triste como un ambientador.

Triste como la información de tráfico de Anselmo, el locutor triste de la DGT.

Triste como tres tigres.

Triste como un terrario.

Triste como los osos polares del zoo de Barcelona.

Triste como un delfín (deprimido).

Triste como el agua de un canario (entre rejas).

Triste como una cuarta cuerda -Re- de la guitarra rota (aliteración).

Triste como el metro de París en noviembre por la mañana.

Triste como el metro de Londres en noviembre por la mañana.

Triste como el túnel del canal de La Mancha, en el solsticio de verano.

Triste como la Fosa de las Marianas, con una piedra pómez al cuello.

Triste como atravesar la Patagonia con un cd de Paulina Rubio en el coche.

Triste como el funeral de un conocido.

Triste como una casa sin alfombras.

Triste como ciertos pueblos de Huesca.

Triste como un mercado municipal.

Triste como un post sin comentarios.

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