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Archive for 28 septiembre 2008

Encendí la tele y vi el cuerpo en blanco y negro de una mujer todo huesos, con profundas oquedades en los ojos, negrísimos, llevada en volandas por los nazis. Aún conservaba algo de carne trémula en los pechos, llenos de estrías. Detrás, cientos de cuerpos que pronto serían ceniza, hasta llegar a los seis millones de judíos. 

Siempre me he preguntado quién grabó esas imágenes y cómo se permitió -y cuándo- su difusión. El documetal de La2 mostró después el juicio de Nüremberg, con unos prepotentes Goering y demás altos cargos del Tercer Reich, puestos en su sitio por la Justicia. Llevaban unas gafas de sol de aspecto sideral para protegerse de los focos: todo se estaba filmando escrupulosamente. IBM se encargó de un avanzado sistema de traducción. Luego emitieron imágenes en plena sala con esas truculentos planos de cuerpos y más cuerpos llevados en carretilla, o como títeres muertos directamente a hombros. Sin escrúpulos.

No recuerdo los nombres de esos peces gordos que luego serían condenados a cadena perpetua (no todos), pero su prepotencia y superioridad hacían malas las más exageradas caricaturas. “La existencia de los judíos era incompatible con nuestro estilo de vida”, dijo uno con esa voz germánica, firme, rápida, proyectada hacia arriba, como de látigo que fustiga.

También se proyectaron en el documental imágenes de multiples ahorcamientos, en una Justicia anti-nazi que fue rigurosa y enérgica, con casi 800 ajusticiados a poco más de un año del final de la Segunda Guerra Mundial. Me impresionó el orgullo de uno de esos nazis (uno de los mandamases que aparece en La lista de Schindler) que, al desprenderse su cuerpo en el cadalso para encontrar la muerte, chocaba contra un borde y no moría. Era entre patético y siniestro. El tío se levantaba entre cabreado y digno, y se le volvía a meter la soga al cuello, así hasta tres veces. La última fue certera. 

Avanzaba el documental de sábado noche y apareció Beata Klarsfeld (1939), esa valiente mujer que luego sería conocida como “cazanazis”. No hay mucho en Internet, sorprendemente, de esta francesa-coraje que buscó la Justicia destapando el descanso dorado de los nazis más manchados de sangre. Ella misma fue objeto del horror, en el París ocupado. De familia judía, su padre había diseñado un escondite en el salón, en el que se escondieron tras uno de esos pavorosos registros. Decidió el padre entregarse, pensando así que se salvaría su familia y que más tarde podrían rencontrarse. Se salvó la familía, pero no el padre, a quién Beata Karsfeld honró con sus heróicas acciones.

Lo hizo todo sola, sin grandes grupos de presión ni lobbys, ni partidos políticos a sus espaldas, aunque luego ella misma fundaría uno, junto a su marido, alemán. Alcanzó gran popularidad cuando, en una cena de alto copete, se dirigió furiosa y envalentonada hacia el canciller Kiesinger, antiguo nazi, y le pegó un tortazo en público. Luego se dedicaría a intimidar y atraer a los medios de comunicación hasta los domicilios de los nazis más crueles, a los que la Justicia estaba haciendo la vista gorda. Colaboradores disfrazados de judíos con el traje de presos de campos de concentración se encadenaban a las casas de estos nazis con suerte y se lograba el efecto mediático deseado. Y, claro, a la Justicia alemana no le quedaba otra que actúar. Y sentar en el banquillo a esos altivos ancianos que no habían tenido la dignidad de pedir perdón.

Ejemplo de fe en la Justicia y en la dignidad y de cómo acciones individuales pueden atraer la atención de los medios. De cómo se puede cambiar el mundo, las cosas mugrientas del mundo. Quisieron acabar con ella, le mandaron paquetes bomba. Su nombre debería ser más conocido.

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Probé mis primeros huevos revueltos (scrambled eggs) un día de mayo de 1990, en un hotel de la Sloane Square londinense. Aquella textura suave y mantequillosa me produjo un placer que aún recuerdo, en mis infantiles papilas gustativas. Supongo que todo inglés más o menos medio debe tener recuerdos similares sobre esta experiencia mística del desayuno salado.

Ayer me contó Bro en el agradable Barbieri de Madrid (cuando dejaba de mirar a un delicadísimo bellezón austrohúngaro de una rubieza insólita) algo sobre Paul McCartney, a quien siempre pone por encima del trabajo y talento de John. Me habló  de cómo compuso Paul su famosa Yesterday. Se ve que se levantó una mañana, y directamente en pijama y con la boca espesa, cantó “Scrambled eeeeeeeeegs, na na na na na na na niiii naaaa nooooo”.

Le gustó cómo sonaba y, ya duchado y desayunado, preguntó a sus compañeros beatles si esa canción era de alguien, que se le había metido en la cabeza. “No”, le dijeron. Era Yesterday, sin letra, pero Yesterday.

Lo dice Hemingway en París era una fiesta. “El hambre estimulaba mi creatividad”. Me voy a comer.

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Alegato anti Azorín

En su día firmé otro alegato, contra Robert Louis Stevenson. Sí, tan lejos llegué. De tan cacareada, La isla del tesoro llegó a decepcionarme. Quizá si la leyera ahora con otros ojos sentiría algo distinto, a lo mejor. Sé que no encontraré defensores en esta delicada -y radical- postura mía, pero me pareció una historia mal repartida en términos de narración y algo farragosa -para un chaval joven- por su exceso de terminología náutica. Un libro que, si al estudiante de turno se le atraganta, provocará un rechazo hacia la literatura casi de por vida.

Hay que tener cuidado con los libros que se recomiendan en la infancia y juventud, una educación para la ciudadanía desde la base que no convendría hacer a la ligera. Aunque a veces pienso que en esto de la lectura las campañas y los fomentos poco pueden hacer; como si el tema tuviera que ver con necesidades mentales y para de contar. Una cuestión de voracidad por la vida, de ganas de alimentarse de sensaciones puestas por escrito que quizá no todo el mundo sienta y que puede requerir una domesticación mental para mucho realmente cansina. ¿Se puede desarrollar? Seguramente.

Pero desde luego que con libros como La voluntad, de Azorín, es difícil cosa. Es verdad que toda lectura tiene que tener un punto de épica, porque luego se saborean ciertas conquistas, pero hasta un límite. Y el mío ya es bajo, se acabaron los tiempos de leer por leer, por acumular horas de vuelo lector. No con mi tiempo, señores. Mi voluntad claudicó a las pocas páginas con La voluntad, de José Martínez Ruiz, que en esa novela crea un personaje llamado Azorín, que luego serviría al propio Azorín para bautizarse como Azorín.

Pero hay algunas descripciones que más que describir, limitan. Curioso esto. Al querer fijar con total precisión la tonalidad de una teja, de un río, se pierde la visión de conjunto, aumenta el peso de los párpados del lector y comienza una desazón lectora irreversible. A mí al menos me ha pasado con este libro, que saqué de la biblioteca con ilusión, por ser un título clave en esa Edad de Plata de la Literatura que hablan los teóricos. Pero me da que va a ser en otra vida cuando le hinque el ojo.

Reproduzco el arranque de La voluntad azoriniana:

A lo lejos, una campana toca lenta, pausada, melancólica. El cielo comienza a clarear indeciso. La niebla se extiende en una larga pincelada blanca sobre el campo. Y en clamoroso concierto de voces agudas, graves, chirriantes, metálicas, confusas, imperceptibles, sonorosas, todos los gallos de la ciudad dormida cantan. En lo hondo, el poblado se esfuma al pie del cerro en mancha incierta. Dos, cuatro, seis vellones que brotan de la negrura…

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Recientemente, y eso a pesar de mi particular crisis de las sub-prime (pronunciése lassuprain [que no de Móstoles]), me ha dado por suscribirme a revistas. Sí, sí, sí. No revistas cualquiera, sino a revistas de literatura. Ahá. Pero han pasado ya semanas desde que donara mis números de cuenta al ciberespacio, y todavía no he recibido nada en mi buzón analógico. Seguiremos esperando.

La primera es Clarín, que dirige desde Oviedo el poeta, antólogo y escritor José Luis García Martín, que no es del agrado de Miguel Veyrat (ni de muchos otros, la verdad), pero que como conocedor de las letras tiene su valía el hombre, que me consta a mí.

La otra es La Bolsa de Pipas, creación periódica a cargo de los Rafael Reig, David Torres, Ángela Vallvey o Agustín Fernández –Nocilla– Mallo. Son unos 14 euros/año que, ciertamente, no creo que llegue uno a enterarse de su cobro. Tampoco la he recibido aún, pero dicen que su diseño debe de estar muy bien, supongo que bastante mejor que el de su página web, digamos nostálgica de otras eras de Internet.

El buzón, ese continente que alberga cartas del banco y flyers de restaurantes chinos, se convierte de nuevo en un lugar en el que depositar esperanzas. Un día llega un documento envuelto en plástico, a nuestro nombre, y rompe la monotonía de ese aséptica cajita en el que nos remiten en papel informaciones que nos conciernen (cada día menos).

De pequeño, mi tía Blanca me suscribió a la Muy Interesante. Mi hermano lo hizo con aquella publicación de deportes Fortuna Sports y más tarde me apuntaría a Hobby Consolas, cuando me entró la fiebre -pasajera- de las maquinitas. Después vendrían Fotogramas y QuéLeer. La revista pasaba entonces a la categoría de libro de segunda que requería su almacenamiento y su “estantería de las revistas”. Ah, y National Geographic, con sus lomitos amarillos.

Me quedaron las ganas de suscribirme a alguna publicación de contenidos sicalípticos, aquellas que aseguraban discreción en sus envíos y opacos embalajes. Precisamente, esa discreción podía ser motivo de sospecha entre mis familiares y renuncié a esa cómoda entrega mensual, que me podría haber evitado esas siempre patéticas visitas al kiosco, que algún día si os parece comentaremos por aquí. Leí hace poco que don Franz Kafka era muy aficionado a estas revistas guarras, y que él no tuvo reparos en suscribirse a más de una, en concreto Amethyst y Opale, que debían de ser bastante bizarras para la época o incluso para hoy día.

No es tiempo ya de suscripciones turbias. Apostemos por la poesía. ¡Y por la eficacia del servicio de Correos!

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Decían de Baroja que tenía el síndrome del murciélago, que no era ni rata ni pájaro. Leo ahora un recomendable ensayo sobre don Pío, titulado ¿Qué hacemos con Baroja? en que se le niegan pomposas etiquetas que él tenía a gala colocarse, como la de liberal, anarquista o revolucionario. Victor Moreno (o Ramón Lapeskera) le pone un poco más en su sitio, y los calificados “reaccionario”, “antisemita” y “fanático germanófilo” desfilan por este ameno y ponderado libro, en que se recuerda que el famoso novelista se despachaba a gusto contra todos y todas, pero no contra los fascismos españoles, alemanes, ni los Holocaustos varios. Sin menospreciar su literatura (ese es otro tema), Lapeskera/Moreno sitúa con elegancia -y contundencia- a Baroja en su espectro político. El de un reaccionario inmovilista patológico que, fue, aunque también, desde nuestra óptica sigloveintiunesca.

Pero no venía a hablar de ese libro, sino de un aspecto que me ha llamado la atención, y es la distinción que hizo Isaiah Berlin en su ensayo El erizo y el zorro. Tolstoi y su visión de la historia. Los escritores zorros son centrífugos y los escritores erizos son centrípetos. “Los primeros tienen o gozan de una mirada extensiva y periférica, mientras que los segundos son más ensimismados, más autistas y más centrados en lo que ocurre en su interioridad, sin dejar de observar en lo que ocurre fuera”, apunta Lapeskera.

Son zorros Shakespeare, Montaigne, Aristóteles, Balzac, Joyce. 

Son erizos Dante, Dostoievsky, Nietzsche, Proust, y Baroja.  

Acabo de finiquitar Manuel de literatura para caníbales, de Rafael Reig. Se lee a gusto, un día si eso comentamos. Acaba la novela con una espectacular y desopilante enfrentamiento fratricida en lo que se conoce como la “Guerra de las Dos Marías”. Una polarización literaria que no es otra que entre zorros y erizos, entre los Fernando Marías y los Javier Marías. A los primeros, les llama republicanos y engrosas sus filas nombres defensores de “contar una historia” como (Lorenzo Silva, Juan Marsé, Ruiz Zafón, Fernando Aramburu, Juan Bas o Jesús Ferrero). Entre, los partidarios de la monarquía de Javier Marías (S. M. Xavier I), furibundos erizos centrípetas capitaneados por el editor Herralde, se encontrarían escritores como Vila-Matas, Gándara, Guelbenzu, que dispararían obuses Benet, bajo las indicaciones de Javier Cercas y un redivivo Bolaño.

Las fatales consecuencias de este duelo fratricida concluyeron en la producción serial de novelas, sin la mediación de los escritores, peligrosos enemigos públicos. Parece que esa es la dicotomía, y todo el que sea lector o escritor enrolaría en un bando u otro. Hace tiempo escribí algo sobre eso en el otro blog, y la división que se me ocurrió fue de la Umbrales y Revertes. A ver si lo encuentro.

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A veces, pensamos que las cosas han sido siempre como son ahora. Que Fidel Castro lleva desde antes de que los dinosaurios despertaran goberneando en Cuba, o que España siempre ha tenido 17 comunidades autónomas, o que Italia siempre estuvo unificada, como Alemania, como Rusia o que los Estados Unidos de América, que siempre fueron estados y unidos. Pero no. Todo es efímero en la película de la Historia, si uno lo ve con perspectiva.

Hay una moda ahora que es la de los what if, que consiste en plantearse el mundo actual si no hubieran pasado ciertas cosas que pasaron. Como que Franco hubiera ganado la guerra, como que el ejército norteamericano entrara en Normandía, como que Chávez hubiera ganado el último referéndum de diciembre de 2007, en Venezuela. Que hubiera pasado si, esa es la cuestión. Que nunca sabremos.

Luego hay otro ejercicio, que es como el what if hacia el futuro. “Qué pasaría sí”, más que “qué hubiera pasado si”. He leído hace poco la siguiente frase: “En 1905, poco después de que Cuba lograra su independencia”. ¿Qué independencia? Ah, sí la de España. Y he pensado que sólo hace 110 años, Cuba era española. Los asuntos de Cuba eran asuntos de España. También los de Filipinas, que flípala. No es tanto tiempo. Cuba fue “legalmente” española durante 406 años. Cuatro siglos.

Entonces, he sentido una rara sensación, la de imaginar a España embarcada en proyectos expansionistas de ultramar. ¿Cuál es el futuro de Cuba? Es poco e incierto. ¿Qué pasara cuando muera Fidel y luego Rául? Qué va a ser de esa isla, ¿anacronismo político de la Tierra? Tomará el relevo uno de esos viejitos con guayabera que acabará muriendo al poco. ¿Escribirá por fin Silvio una canción inteligible, con la hoja de ruta política de su amada patria cubana? El panorama no parece ilusionante, como apunta Ángel Duarte en su tinglado.

Hoy he pensado, con la vibración de lo posible, que a Zapatero le daba por plantear una Alianza de Patrias Hermanas a Fidel Castro. Y que estos aceptaban, eso sí, manteniendo su sistema comunista, pero dirigido por unas inteligencias metropolitanas más recicladas en lo productivo que las habaneras, y con inversiones de capital contundentes para que la industria y la exportación pudieran desarrollarse a buen ritmo en la isla. Esto permitiría perdurar el status quo de los cubanos, pero mitigando considerablemente su escasez crónica.

¿Qué pasaría? Me ha resultado divertido imaginarlo.

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Las veces en el que elcinespañol logra sacar una película buena, o más o menos buena, tampoco son tantas, y hay que celebrallo. Esto ha pasado con Los girasoles ciegos, adaptación de José Luis Cuerda de la obra del mismo nombre, de Alberto Méndez, publicada por Anagrama, como se ocupan de recordar en los títulos de crédito, por algún cariño especial al editor Herralde.

Me gusta ver pelis sobre libros que he leído. Es como si desplegaran sobre la pantalla lo que uno ya había imaginado previamente, pero con el rigor que un director artístico, otro de fotografía, unos actores, le echan, que siempre estará por encima de la imaginación, aunque le reste poesía (el realismo, la precisión de la imagen es lo que tiene). En este caso hice un experimento curioso; tras haber leído el libro hace tiempo, vi la peli y luego volví a leer el relatito de Los girasoles ciegos.

En ese ejercicio uno se da cuenta qué cosas destacó el director y cómo las llevó a la pantalla; es interesante. También los cambios que decidió llevar a cabo, como situar la acción en Orense y no en el Madrid triste de posguerra. Gana ahí el libro, con esos recuerdos poéticos de la calle Alcalá esquina Ayala, “el infierno del metro” y toda esa deprimente expansión de la gran ciudad que ya era Madrid. Parece más confortable el Orense de Cuerda, aunque es también más asfixiante ahí el escondimiento del padre de Lorenzo, ese rojo que se oculta de una represión que, de pillarle, previsiblemente le mate de un balazo por la espalda. Así pasó con unos 15.000 represaliados que, tras la Guerra Civil, murieron por considerarse una peligro público, una amenaza al Régimen. Otros tantos, por desgracia no conozco el dato, tuvieron que truncar su vida y largarse a países extraños, como México, Argentina o el Uruguay.

La película es parcial, está claro. Pero no tanto. Ya el mismo título, que alude a la perdida de referencias que obnubiló a más de uno en esos tiempos de locura, tiene altos vueltos. Lo confiesa el diácono perturbado de la historia de Méndez: “Reverendo padre, estoy desorientado como los girasoles ciegos”. En esa reflexión se va un paso más allá contra el maniqueísmo de los generales de pelo almidonado y bigotito y los republicanos poetastros y soñadores. El mismo Javier Cámara, en el papel de Ricardo Mazo, es un republicano verosímil, con esa cara de tontuelo inteligente, sensible a la poesía de Machado, que en su mansa actitud sueña una España distinta a la que pudo ser y no fue. No pierde los papeles, no profiere un grito de más, en su ridícula y lamentable situación de escondido, excepto cuando tras una de esas intimidatorias visitas de la Autoridad ya no aguanta más y grita por la ventana un estremecedor y comprensible “mecagüen diosssss!!”.

Es el niño Lorenzo elegido por Cuerda es otro de esos niños rollizos y cursilonguis que resultan empalagosos. Como lo fue también ese otro descubrimiento suyo, que aparece en La lengua de las mariposas, Manuel Lozano, que a mí siempre me pareció repelentito. No sé porqué los niños del cine español son tan prototípicos, tan niños, pero bueno.

Tenemos, pues, un retrato creo que libre de febriles subjetivismos sobre el drama de una familia que no encajaba en el estado de cosas que sobrevino tras la falsa paz del 1 de abril del 39. Algunos, como también dijeron de la peli del Che, la han acusado de “lenta”. Se ve que necesitan tiritos y escenas neumáticas para disfrutar en el cine. Quizá no sepan apreciar el chejoviano placer de descubrir cómo pasa todo en donde no pasa nada. Y aquí pasa, pasó, mucho. Demasiado.

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