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Archive for 31 octubre 2008

El final de una película puede ser simplemente su fin, algo que se acaba, o un recurso que da sentido, redondea y culmina la historia hasta conseguir un producto cerrado y perfecto. A veces, puede provocar justo lo contrario, como se comentó por aquí de la peli de Garci.

La historia que cuenta Fesser, inspirada en la vivencia de la muerte de Alexia González-Barros, se ha analizado desde muchos flancos. Empecemos por lo de si es una crítica furibunda al Opus Dei. Diré que vi la película en compañía de H, ex numerario, y resulta que se quitó el sombrero virtual ante la recreación que Fesser hace de la vida intramuros opusiana. Fesser cuenta hechos reales de la vida en los centros de la Obra aunque, a veces, cargue un tanto las tintas hacia su costal. Es algo normal en quien hace una crítica a algún sistema (político, social, religioso, económico) el tender a una cierta exageración de los defectos. Como cuando la hermana de Camino/Alexia coge un autobús urbano (villavesa) en vez de un taxi para asistir a su hermana en su trance mortal, concienciada hasta el extremo en hacer un uso austero de los fondos del centro. Por no extendernos demasiado diré que no me pareció que el director parodiara gratuitamente y fantasiosamente las realidades del Opus. No olvidemos que la película no es un documental ni mucho menos un biopic, por lo que ciertas licencias dramáticas propias de la ficción (el fanatismo de la madre) son perfectamente válidas.

También se le acusa a Fesser de hipócrita, debido al uso de reclamos discutibles como el de “¿Quieres que rece para que tú también te mueras?”, que aparece en el cartel promocional de la película. Es cierto que convierte ahí en espectáculo un drama tan íntimo y delicado como el de la pequeña Alexia (aunque la película no sea exactamente la agonía de Alexia, sino la de Camino) con ese tipo de claims, pero también es verdad que sin un poco de zambomba comercial la película podría haber acabado como la de Ray Loriga, Paz Vega y Santa Teresa de Ávila. ¿Quién va hoy día a ver una peli sobre una monja que levita?

Fesser quería que la película se viera, como lo quiere todo artista y director de cine. Pero más aún cuando se tiene un mensaje que contar y creo que Fesser lo tiene, aunque he comentado esta tesis con gente y no encuentro cómplices. De hecho, he leído cantidad de comentarios en blogs y nadie sugiere este supuesto mensaje que, en mi opinión, es el nuclear de la película y que hace de Camino una historia excepcional y sorprendente.

Es cierto que Fesser ataca el Opus. Es libre de hacerlo. Como si Michael Moore ataca a Bush, el uso de las armas o George Clooney denuncia la corrupción petrolera de EEUU y los países árabes en Syriana (lo hace tan bien que no entendí nada, pero la peli es también sorprendente). Pero no creo que sea un ataque facilón, el clásico ataque progre-cine-español a lo carcas que puedan ser o no ser la gente del Opus, por rezar a Dios, estar en contra del sexo antes del matrimonio, de la profilaxis o de repudiar a los homosexuales (asuntos éstos con lo que Fesser, por ej, se podría haber cebado y que no hace). Los seguidores del Opus apuestan por una existencia en que la trascendencia es parte fundamental de sus vidas, y eso merece respeto e incluso admiración. Otra cosa son las formas en que se acceda a eso y el modo de entender el acceso a Dios y de difundirlo después en la sociedad, que es con lo que no traga Fesser, diría yo.

¿Qué pasa en el final de Camino? Hacia el final de la peli, la niña dice que ha visto a Dios y que está sentado en la butaca negra de la habitación de la clínica. Debe de estar delirando, piensan quienes están con ella, no le dan más importancia. Pero el último plano es precisamente esa butaca negra, vacía, en la que un segundo después, durante una brevísima fracción de tiempo, se ve un triángulo rojo. ¿Qué quiere decir Javier Fesser con eso? ¿Es intencionado ese símbolo divino, o esa mera coña vacilona? ¿Cree Javier Fesser en Dios pero denuncia el ‘secuestro’ y la ‘manipulación’ que de él hacen los miembros del Opus Dei, como de la bandera española hacen los miembros de grupos de ultra derecha?

En muchos de esos foros de debate dudaban de la sinceridad de Fesser al reconocer una sincera admiración y cariño por la verdadera Alexia, muestra de esa suspicacia retorcida de algunos de esos filoopusianos un tanto rott weiler. “Si alguien hace eso a mi hermana no me quedo de brazos cruzados en casita”, decía otro, con esa violencia cejijunta tan española. También molesta la dedicatoria, yo diría que sincera y emotiva, que Fesser dedica a Alexia González-Barros, justo antes de los títulos de crédito.

Es inquietante, sorprendente y sobrecogedor ver cómo Fesser otorga cualidades milagrosas a la niña que, es capaz, movida por un ilimitado amor, a sentir en su propia piel la representación teatral que se produce en Madrid en el mismo momento en que ella va a morir. El propio Fesser introduce elementos mágicos, paranormales, en la niña. “Ahora viene el negro”, dice, en referencia al actorcito negro que entra en escena, pero el cura que le va a dar la extrema unción cree que lo dice por Satanás y, exaltado y agresivo, la rocía de agua bendita como si fuera un arma de destrucción masiva. Este es otro de los momentos que yo entiendo claves de la película y que sintetiza con maestría el error fundamental de la Iglesia/Opus al interpretar los mensajes de Cristo/Camino/Dios/Lo Sagrado.

¿Es la película de Fesser un alegato en pro del amor, como prolongación de una suerte de divinidad en la Tierra, como el único antídoto para alejar el dolor, la soledad y la locura? ¿Un amor que, vivido con la limpieza y pureza de Camino/Alexia es incluso capaz de transgredir las leyes científicas y hasta obrar milagros? ¿Un mensaje renovado del Dios es amor y todos somos potenciales Cristos? Que es un alegato a favor de lo primero, creo que es evidente. Las posibles interpretaciones teologizantes ya son palabras mayores. Pero tengo para mí que esta película tiene algo de milagroso y me siento extrañísimo escribiendo esto y creyéndomelo en mi fuero interno.

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En su día, celebré la salida de aquel partido que prometía traer cierta sensatez desapasionada en terrenos delicados como el catalán. Hablo de Ciutadans-Partido de la Ciudadanía. Llegué incluso a rellenar un formulario para que me enviaran información sobre sus actividades, motivaciones, etc. A lo mejor hasta ligaba, pensé por aquellos entonces míos de soltería. No ligué, me desvinculé conceptualmente de aquel proyecto, pero sigo recibiendo cada poco mails informativos sobre reuniones y propuestas de apoyo a la Enmienda 6.1.

Hace poco me llegó una invitación al estreno de la última película de Iñaki Arteta, El infierno vasco, para las que se podían pedir hasta cuatro entradas, cosa que hice, por aquello de ver cine by the little leg. Hoy leo en El Imparcial de Occidente que dicha peli no encuentra sala de cine que la estrene en San Sebastián, Donostia. No pude ver 13 entre mil, la historia de 13 víctimas entre las aproximadamente mil que llevan estos gudaris del odio, por lo que no puedo decir que me impresionó una peli valiente y honesta, lejos de la moralina indignada de señorona de la calle Goya que practican diarios como El Mundo, con la siniestra técnica de usar el dolor ajeno para vender periódicos, cosa que cuando menos produce asco y voy terminando ya la frase que me empieza a quedar realmente larga.

Pero tengo para mí que las cintas de Arteta no la son filigrana ful con ínfulas de reinventar el cine (o descubrir mear de pie) que practica Jaime Rosales (después de padecer La soledad no creo que me atreva con Tiro en la cabeza). Intuyo que son películas que no gustan en el meollo nacionalista, en la burguesa y salvaje San Sebastián, sumida en un infierno vasco que muchos evitan mirar de frente porque sencillamente miran para otro lado, no sea que les demuestre lo equivocados que estaban. Me recuerdan a la gente del Opus Dei que prefiere no ver películas tan hermosas como Camino. Comparten la misma despreciable cerrazón, por no decir maldad.

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Un término completamente hiperlocalista del léxico navarro es bajera, que significa, como dicen en Bilbao, lonja, local situado en los bajos de algún edificio para desempeñar normalmente actividades comerciales. La palabreja, en manos de la muchachada desde hace años, se usa también para designar ese local de barrio no-céntrico al que se acude sobre todo el fin de semana para fumar porros, beber kalimotxo o jugar a la PlayStation, en compañía mayoritariamente masculina. Pues bien, se ve que el Partido Popular busca local en Pamplona, para actividades más edificantes que las arriba descritas, suponemos.

Dice Sanz que han sido ellos. Que Rajoy a roto el pacto. Lo decía ante las cámaras, en un canutazo al aire libre, con un elegante abrigo color canela. Le temblaba la voz, estaba un poco acongojado por la que se le venía encima. A mí me cae simpático este hombre, lo reconozco, y me dio como penilla. “Entre romper el pacto y el riesgo de romper Navarra, preferimos arriesgar y que se rompiera el pacto, pero no Navarra”, llegó a decir este martes.

Parece claro que Pepinho Blanco, con quien parece entenderse no del todo mal, le dejó bien claras las cosas, cuando su partido permitió que gobernara aunque, sin la mayoría absoluta, el cóctel PSN-NaBai-IU le habría arrebatado el bastón de mando bordado con la cadena de los fueros. Ferraz (nada que ver con las alfombras de la c/ Estella) impidió aquel mix un tanto arriesgado, y ahora recoge sus frutos (aunque a cambio de la abstención prometieron AVE. ‘A veremos, ‘a veremos si llega, dicen ya los escépticos de La Barranca).

Así que el superhéroe de la foralidad en peligro, siempre alerta ante una posible versión 2.0 de la Gamazada (no recuerdo bien qué era, la verdad), don Jaime Ignacio I del Burgo (de San Nicolás, San Cernin o Navarrería) anuncia que va por libre y que quiere ser el jefe de este nuevo cotarro peperil que se situará no muy lejos de un Carlos III,  Conde Rodezno o duque de Ahumada por adobar el ubi político de santos barones del facherío local.

¿Quién gana aquí, me pregunto, animando al selecto grupo de comentaristas a opinar? Desde luego, el PSOE, y todo lo que no sea UPN. Es decir Na-Bai, IU, PSN, CDN, EA, PNV, Batzarre, Partido Carlista, Falange Española y de las Jons, el Partido Humanista, Acción Canábica y el Partido de las Pequeñas Cosas. La derecha se fracciona en dos como un melón al caer de un segundo piso y los votos otrora unificados se dividen. Tampoco creo que gane el PP, pues los intereses populares ya los defendía UPN, incluidos los regionales. ¿Habrá voto de castigo a Sanz? Quedan tres años para las próximas elecciones y para entonces el posible rencorcillo para quien ha forzado esta ruptura se habrán templado. Dividir el voto droite en dos, aunque el PP apenas obtenga una gran cifra, abrirá la fuerza a nuevos colores políticos al final del paseo Sarasate. Sanz podrá irse en AVE a Madrid a comer al Jockey, pero sin Rajoy de contertulio y sin su bastón de mando foral. Opino.

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Estoy cabreado. No sé perder, no tengo buen perder. Quizá tenga que leer la novela de Trueba, Saber perder, que tanto le gustó a Jordi Santamaría. Pero si no me gusta me cabrearé también. Y ahora voy a desnudarme un poquito en términos bursátiles en este post desahogo, tras unos días de sano descanso bloguero en los que sólo el declive de la Bolsa me ha tocado un poco bastante los cojonciglios.

Hace un año recibí un dinero, caído del cielo (DEP), que invertí en el presuntamente sólido, inquebrantable y todopoderoso Banco Santander. Como vea ahora a Botín por la calle le voy a poner la calva del mismo color que el de su imagen corportiva. Ah, la ira bancaria me corroe. Sí. Deposité esos dineros con la tranquilidad que eran valores seguros, que esos grandes grupos nunca pierden, más aún cuando se constituyen como los bancos más poderosos del mundo, venga a comprar pequeños bancos mundiales. Y así se confirmaba, con unas tibias progresiones que se traducían en pequeños dividendos, que iban dejando un sedimento económico al que no se hacían ascos. Las compré a 13,31 euros. Ahora dan pena rondando los 6, por ese valle de lágrimas llamado Ibex35. 

Tenía que vender algunas para no sé qué historia. Justo en el segundo peor día de la historia de la Bolsa de Madrid, en que bajó un 8%, el pasado miércoles. “No quiero malvenderlas”, me dice la persona de la sección “Valores”. Y yo, claro, le digo que no, cómo venderlas en ese día luctuoso, en que además llovía a cántaros. En pocos días bajaron un euro y medio cada una y la cosa sigue. Me habría satisfecho con aquella malaventa, a pocos días del segundo cobro de los pagos negativos de la declaración de la renta como estamos. Y veo ahora los índices en rojo y me pongo ídem, rabioso ante esa bajada de pantalones en forma de cotización que no parece tener límites.

Nunca invertí en Bolsa para enriquecerme, sino para no tener ese dinero al alcance de la mano y evitar así gastarlo en tonterías. Ahora he perdido la mitad, pero el Santander sigue comprando bancos a buen ritmo y un empleado suyo me confirma este sábado, en Bruselas, que están mejor que nunca. “Es una crisis de confianza”, dice. Bien, pues han perdido la mía, y les va a comprar acciones en el futuro la madre del topo.

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No suelo escuchar mucho la Cadena Ser, quizá por que no aguanto el tono como didáctico y moralizante de Gemma Nierga. Es algo personal, irracional, lo siento, no me pidan explicaciones. Pero a veces, en algún zapping por ese dial locoide y lleno de interferencias y telepredicadores que es la FM, doy con esta emisora famosa por ir un paso por delante y por explotar de paso a sus trabajadores, sobre todo los más jóvenes, con contratos que ni siquiera llegan a la condición de basura.

Supongo que cuando algo funciona, uno se pregunta ¿para qué cambiar? Algo de eso debe pensar Forges, el humorista gráfico de El País que, mientras el propio país ha ido avanzando estéticamente, él sigue dibujando a esos personajes salidos de los setenta españoles, con enormes jerseys de lana y campanolos de tienda de barrio. Puede ser este un problema del dibujante en general que, por no desvirtuar la identidad de su personajes, se encuentra con el dilema de actualizar o no su apariencia, en función de las modas. Se puede apreciar también en Mortadelo y Filemón, cuya estética de la España de ceniceros altos y sillas bajas aún se mantiene, aunque trate de la Eurocopa ’08. O la Mafalda de Quino, que no sé si el autor, nacionalizado español, creo, sigue dibujando y publicando.

La SER sigue sabiendo a finales de los setenta, a esas frías mañanas españolas de febrero en las que la radio parece actuar como una tibio radiador que calienta las piernillas antes de entrar al trabajo, aunque se esté narrando el enésimo desparrame del Ibex 35, por el c___ te la h____. En un tiempo en que todas la cabeceras informativas actualizan su imagen corporativa, como ha hecho hace poco RTVE o la Agencia Efe, choca que una cadena que presume de moderna conserve esos toniquetes que son ya más rancios que una casette de gasolinera.

Está ese muelle que suena como cortinilla: goinggggggggggg. La careta de entrada con sabor a café con leche y porras: ti-na-ni-na-ni-na-ni-nananá-ti-na-ni-na-nín, que no desentona del resto de recursos que nutren su universo psicológico sonoro. Seguro que está estudiado que son sonidos a lo perro de Pavlov, y que cambiarlos podría suponer una pérdida de cientos de miles de oyentes. Algo de eso debe ocurrir. Porque luego está El Larguero, donde se lleva al paroxismo esta caspa audicional tan de farias, copita de coñá y batín de imitación de seda. RA-RA-RÁ.

No negaré, que estos soniquetes tienen su cuota de entrañables, como aquel de Antena 3 Radio, que mi memoria auditiva ha olvidado, pero que me gustaba mucho. Pero que están desfasados, creo que no lo discute nadie. A mí me evoca una España creo que ya superada, a taxista madrileño con palillo en la boca, a la antigua estación de autobús de Zaragoza, a ministros de la UCD, a 23-F, a servilletas de papel grasientas con humazo en cafetería de la calle Orense, a Talgo, a Simca1000, a otra época que, por suerte, vamos dejando atrás.

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“Ir es volver”, rezaba una publicidad institucional turística del Gobierno de Navarra. “Volver es irse”, contradecía el poeta, sobre quien regresa al lugar donde uno ha sido feliz al que, como canta Sabina, quizá no debiera tratar de volver. Pasa siempre algo parecido, al volver a Pamplona, potaje de sensaciones que a veces se atragantan, otras fluyen mansas por el aparato digestivo de la percepción sentimental.

Dice Bro que prefiere no volver mucho a Pamplona, ahora que se está instalando y adaptando a Madrid (y que está empezando a socializar con el vecindario, etc.). Tiene razón, no se puede estar entrando y saliendo de según qué ciudades como en los blos amigos. El eterno retorno a tu lugar deja huella, porque siempre estamos volviendo pero nunca nos quedamos, aunque se nos quede algo allí.

Esta última vez, tuve un leve síndrome Stendhal iruñés, nada más bajar del autobús, pasadas las dos de la mañana. Esa Ciudadela que, desde los fosos, tiene algo de dimensión insondable (guiño Wittgenstein/Battiato/Vila-Matas) y que es todo lo contrario a la estridencia. Como el conmovedor y silencioso Baluarte, negro de necesidad pero con el gran panel anaranjado en el cielo, que rompe la noche con sobriedad elegante. No hay nadie, solo unos arbolitos de esos que vemos simpáticos en las maquetas, con su minúscula sombra, hechos realidad e iluminados por los bloques de luz que recuerdan a esas lámparas de mesa baja de Ikea. Toda la suciedad que uno trae de Madrid se purifica en ese espacio sacro, lejos de tanta vulgaridad hecha barrio con la que convivimos a menudo.

Por la mañana, uno se desplaza. Pasa por los soportales de la plaza del Castillo, y ve uno de esos rituales ya típicos, como la salida de Casa Baleztena de Pancha Navarrete y su aparato de escoltas un no se sabe bien si muy necesarios, suponemos que sí. Luego esos vendedores de numismática vieja, postales del mundo y calderilla del alma que parece interesar a los viejos. En la calle de San Ignacio, encuentro con Germancho, el vecino del cuarto, con su desactualizada información: “Estabas haciendo algo de cine, ¿no?”.

El carrico de la Virola es ya otra reliquia del pasado, carne de bloguer a lo Arazuri, a lo Ángel María Pascual, sólo queda la carcasa vacía, cristales color ala de mosca, donde antes convivían apretados regalices de disco, fresquitos, draculines y chucherías varias, que uno tenía que indicar con especial énfasis, porque los ojos traviesos de la dependienta no se regían por las leyes conocidas de la visión. Otro cadáver más para el Cementerio de Rincones Entrañables al que se suma aquel bar Spada, el del camarero calvo, el de la impresionante armadura, al que mi abuelo León bajaba muchas tardes a tomarse sus cosas. Mueren lugares y nacen otros, como ese ÑamÑam del Paseo, abierto a la calle, o la terraza bucólica a rabiar del bar Anaitasuna, que invitan de nuevo a volver, a practicar ese eterno retorno pamplonica que nos acerca y aleja de nosotros mismos, del lugar donde fuimos felices.

Baluarte

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El otro día, cotilleando en Facebook, vi una foto del esquíador dadaísta con su admirado don Pío, en la famosa escultura de las inmediaciones del Retiro madrileño. Como pasa con ciertos personajes cuya percepción sobre ellos muta -el ejemplar padre que resulta que de pronto zurra a su señora esposa-, me chocó esa admiración confesa por Baroja. Después de leer el muy lúcido ¿Qué hacemos con Baroja? de Víctor Moreno Bayona, reconozco que sí que ha cambiado algo mi percepción sobre el escritor. Alguien que, quizá por ganarse las habichuelas e incluso por provocar, no tenía reparo en firmar artículos cargando contra Azaña (“divo”, “retórico”, “blando”, “mediocre”) o contra el pueblo judío en su totalidad, pero que soltaba ni una mala palabra crítica con Franco, Queipo de Llano, Millán Astray, conde de Rodezno o el mismo Hitler. Etiquetarle de filofascista, aunque por mera afinidad intelectual e incluso estética, es quedarse corto.

Por eso, este sábado, cuando entré en la librería antiguamente llamada Xalbador, en Pamplona, muy arraigada al mundo vasco, llegué incluso a comprender -y a lamentar- lo que presencié. Vi un carro lleno donde luchaban por no caerse decenas de títulos barojianos: El laberinto de las sirenas, El mundo es ansí, La leyenda de Jaun de Alzate, Las inquietudes de Shanti Andia… y unos cuantos tomos de las entregas de Eugenio de Aviranete, el superhéroe de acción barojiano. También libros sobre su obra y vida, como los Pío Baroja, a escena y Tiempo de tormenta (Pío Baroja, 1936-1940), de Miguel Sánchez-Ostiz.

Pensé, claro, que los llevaban a la hoguera. Como hacía la Inquisición con los libros impuros, las investigaciones de Miguel Servet, o los escrutadores quemalibros de la España negra como el cura de El Quijote, o el propio sistema censor franquista, con la criba de aquellas obras que pudieran “intoxicar” el espíritu de los “hombres de bien”. Pensé que, hombre, aquella era su librería y que, después de haber leído el libro de Víctor Moreno, quizá también se habían preguntado, “¿Qué [coño] hacemos con Baroja?” y que algún mandamás del negocio librero, en las antípodas del pensamiento barojiano, habría respondido: “Pues a la puta calle”.

Asumí aquello con tristeza, Baroja tenía los días contados, en esa tienda en particular y en el País Vasco, en general. Una pena, porque pocos han descrito como él los pliegues del universo vasco, como era en su origen, antes de la instrumentalización política de la cultura. La verdad es que había también, entre esa montaña de libros “malditos” una obra del nada sospechoso Jimeno Jurío, que me hizo pensar que igual lo mío era paranoia. Aproveché que pasaba un librero y le pregunté amablemente: “¿Estos libros de Baroja, están de saldo, por liquidación o algo así?”. Esperaba la confirmación de mis lúgubres augurios, pero no la hubo. Me respondió simpático: “No, no, que va, están para colocar”.

Me alegré, me alegré.

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