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Archive for 30 noviembre 2008

Recordaréis aquel programa de La2 llamado El peor programa de la semana, con Santiago Segura, el Gran Wyoming, Pablo Carbonell y creo que hasta David Trueba. Jugaban a esa falsa modestia propia de los creadores de grandes cosas, pues yo lo recuerdo como uno de los mejores programas no de la semana, sino de la televisión en general.

En los últimos meses, apenas veo la tele. No la veía ni físicamente, ni apagada, porque no tenía. El otro día me encontré una en la calle, abandonada, triste, sola, con su mando a distancia pegado a ella, nada distante. Con ayuda de la Sardina, cargué con ella hasta casa y la coloqué en esa mesa Tv que reza el inventario de mi contrato de alquiler, por fin con tele. Una casa ya es casa cuando tiene su tele (y su Internet, claro).

El problema es que una tele mellada, con caries, achacosa, y sólo coge bien dos cadenas, Canal 7 y una en la que aparece un seis y que ponen películas desconocidas o programas de zapping. He vuelto, pues, a los dos canales de toda la vida, en los tiempos de la atomización canalítica.

En uno de mis zappings de corto recorrido, he dado este domingo con un programa que presenta Loreto Valverde y que es como aquel ¡Vivan los novios! de Andoni Ferreño (¿alguien sabe dónde está Andoni Ferreño?), pero sólo que mil veces más cutre. A la tele, si no le pones un poco de espectáculo, unas mama-chichos o una orquesta de pueblo, le puede ocurrir lo peor que le puede ocurrir, y es que el programa recuerde a esos programas que, de pequeños, simulábamos hacer en casa, con pulsadores y todo para responder a las preguntas que hacía el que hacía de Jordi Hurtado.

No es la primera vez que veo ese programa, que sólo se emite en Madrid, en el canal de Frade. Diré en su descargo que han mejorado un poco el decorado y que incluso han contratado a un azafato, pero la sensación de vergüenza ajena la han mantenido. No es posible ver más de cinco minutos de emisión sin sentir una intensa repulsión catódica. Cuatro viejecillas engañadas como público, tres chicas superando las pruebas que les propone la Valverde, un aspirante a seductor y el guión televisivo más vago de toda la historia de la televisión componen la escena.

“A ver, Yaiza, imítame a un macarra. Ahora tú, Bea, tienes que hablar en mejicano” y todo así. Luego ha habido un momento tenso, cuando la presentadora le ha pedido a una concursanta (hay que ser santa, para concursar ahí) que dijera algo en portugués, o pseudoportugués, y la tipa se ha encanado sin saber cómo salir de esa ratonera: “Soy grande do mundo”, ha dicho, y ha recibido el aplauso de las viejas.

Creo que voy a volver a la época del canal único.

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La cultura (2/2)

Repasando mis estadísticas, he apreciado un preocupante bajón en las visitas, por tanta crítica sobre pelis que poca gente ha visto y divagaciones (o vagaciones, si se quiere) sobre el hecho cultural, asunto éste que da para unos buenos pedaleos, pero que concluiré pronto. Intentaré volver a la senda de las bodas y los bautizos, que es lo que vende. Lo de bloguer maldito tiene su gracia al principio, pero no tanta.

Decíamos que la cultura es lo que hacen los hombres. También, y aquí añado un matiz a la teoría de sr. Redondo, “aquello que provoca charlas”. Me vais a perdonar esta actitud teórica casi un poco irreverente, anti-academiqui-conceptulizadotizanteístico-dadora, pero es que lo veo así. Ciertos “eruditos de mierda” (Antonio Gala dixit) han hecho demasiado daño a la razón y ya, es hora, entre todos, de empezar a llamar a las cosas por su nombre, quiá.

No sería cultura lo que no provoca ese interés social de las gentes. Eso pasa con culturas de otra época, que ya no suscitan el interés mayoritario de la gente y que podríamos llamar folclore. Y el vicio de muchos nacionalismos, creo yo, es querer convertir el folclore en cultura. No me muevo mucho por los baserris de la Vasconia profunda, pero me extrañaría que los jóvenes hablaran más de plusmarcas de aizkolaris que del próximo concierto del tal grupo de rock, radikal o no. Y, claro, dando la brasa con el folclore, se asfixia el nacimiento espontáneo de nuevas culturas, como la cultura del jazz o del blues en EEUU, que aún día siguen provocando charlas entre la gente, e incluso programas de radio. Y se destinan dinero públicos a cosas con vocación de vitrina.

Sí, cultura es lo que fomenta el diálogo interpersonal, si queréis. El trasvase comunicacional de experiencias psico-sociales que provocan un enriquecimiento mutuo. La gente habla de fútbol, por tanto hay una cultura del fútbol. Hay quien hace buen fútbol y quien no, y parece que Pep Guardiola lo hace muy bien, por lo que dicen los que saben. Porque el fútbol tiene incluso su arte, como hay arte en la cocina, en el sexo, o en la guerra (vease El arte de la guerra, de Sun Tzu). Esta cultura futbolera puede ser tosca y más o menos atinada, de diálogo espeso de barra, o más sutil y literaria, como pasa con los artículos sobre fútbol que han escrito buenos escritores como Enrique Vila-Matas o Ray Loriga.

También hay cultura del hip-hop, de los porros (sí, sí, véanse los monólogos de la marihuana, en La Escalera de Jacob de Lavapiés, Madrid), de Internet (todos tenemos algo de geek, por poco que sea), hay cultura del senderismo, del flamenco, del mus, de los blogs, del ecologismo, del vegetarianismo, de los toros, cultura del té, del café, del vino, de la comida rápida, de las salas de conciertos (en Madrid, cada vez menos), cultura de los vuelos low cost, cultura de las fiestas de los pueblos, cultura del orientalismo, de la dietética, del adelgazamiento. Incluso hay cultura de la anorexia, con páginas webs llenas de trucos para vomitar de distintos modos. Porque puede haber culturas buenas y culturas malas, así que lo que dije antes del enriquecimiento que produce toda cultura habría que matizarlo.

Quizá en 2008 existan más culturas y más a nuestro alcance como no haya habido nunca. Es cierto, El Patio, que no vivimos una época acultural (de poca trascendencia yo diría que sí, pero es otra cosa). Diré, en un alarde de vitalismo, que me gusta entonces el tiempo en el que vivo, en que las posibilidades de conectar con los demás (pistas búlgaras) son también más amplias. Y esa es mi conclusión.

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Voy a intentar abordar unos de esos temas inabarcables y tratar de desbrozarlo, diseccionarlo, toquitearlo y volverlo a cerrar en el menor número de párrafos posible. Será mi particular aventura de esta mañana.

Hace días discutí con amigos (en el sentido francés de la palabra discutir, es decir, sin agresividades ni complejos de inferioridad españoles) sobre qué cosa es esto de la cultura. Traje a colación una cita del profesor Redondo, de la UN:

“La cultura es lo que hacen los hombres”.

Aquel minimalismo conceptual, casi haikuesco, casi zen, se ve que me impactó, porque todavía me acuerdo de esa cita oída hace ya once años (el autor murió ya y todo). Esa concepción cultural chocaría con otras dos visiones:

Visión 1: La de quienes entienden la cultura como algo elevado y que requiere educar al espíritu y, a través de cierto esfuerzo, alcanzar equis trascendencia: yendo a la ópera, leyendo el Ulises de Joyce.

Visión 2: La de quienes creen que la cultura hay que fomentarla, provocarla, y que tiene que ver con la identidad de un pueblo: la ETB transmitiendo campeonatos de aizkolaris (cortadores de troncos) un domingo por la tarde. 

Esta segunda visión mata el aspecto espontáneo y natural que debe tener toda cultura y que, si se rastrea en el origen de lo que hoy podríamos llamar “cultura vasca”, vemos que en el principio había una razón para levantar piedras, cortar troncos y que luego derivaría en lo que se conoce como herri kirolak.

(Veo que es imposible acotar este tema en pocos párrafos, así que voy a dividir el post en dos).

Sigamos. El argumento que yo rebatía en esa discusión de coche (dan mucho juego), es que hoy hay menos cultura, entendida como cosa que hacen los hombres en comunidad. Vivimos en una sociedad tan fragmentada/fragmentaria que apenas hay dos películas al año que permitan una conversación común. Mi argumento apocalíptico era que en Occidente ya no hay cultura o que hay tantas que es imposible hablar de cultura en términos generales. Como si viviéramos una época acultural, en la que se han perdido los ritos y las tradiciones, lo que hace aflorar los nacionalismos que quieren luchar contra ese centrifuguismo cultural y sentar las bases, de un modo artificial, de por dónde debe pasar la cultura.

Podríamos incluso llegar a pensar que la falta de cultura provocara la guerra, como una “cosa que hacen los hombres” que genera un sinfín de manifestaciones culturales: con todas las novelas, películas, poesías, ensayos, tesis y demás se podría abastecer toda una sociedad cultural durante décadas (el cine español lo hace, jaja). ¿Que no había cultura en los años treinta? Pues sí que la había, pero quizá era una cultura encorsetada, coñazo, llena de convencionalismos y mucha tontería, no lo sé.

Me temo que he fracasado en mi idea de ser sucinto y preciso en mis razonamientos. He abierto demasiadas tramas y ahora no sé cómo asociarlas. Dejaré macerar un rato el asunto y luego trataré de cerrarlo, con la vaga conclusión que quería plantear desde el principio. Luego sigo. Gracias si has llegado hasta aquí, si así lo has hecho di: smonka.

Aizkolari

Aizkolari

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Que Unax Ugalde en el papel de cura resulte no sólo creíble, sino emotivo, es ya un primer logro que hay que reconocerle a Helena Taberna, directora y co-guionista de La buena nueva. Después de esa hazaña, todo es posible en esta historia de la guerra civil que transcurre en Navarra. Me gustó verla y desde aquí la recomiendo y comento desordenadamente.

El primer acierto es el cartel. Mi hermano, Bro, que hizo de extra vestido de curilla resulta que no sale en la película pero sí en el cartel, en un plano difuminado pero que se ve claramente. Pueden sus múltiples fans comproballo. Otro acierto es situar la historia en un pueblo llamado Alzania, nombre casi como de realismo mágico, pero real, que hace un siniestro guiño semántico a ese alzamiento militar que en Navarra tuvo, tristemente, gran despliegue.

Sin entrar en presupuestos dignos de la megalomanía peperil madrileña, la peli de Taberna consigue sumergirnos en el clima de la guerra civil con más acierto y eficacia que todos los Garcis de Sangre de mayo. No es una superproducción ni muchos menos, pero se incorporan pequeños elementos casi documentales que dan valor a la peli. No hay un intento de recrear el pasado postizamente, como puede pasarle al Armendáriz de Silencio roto, sino una, digamos, laxitud por la perfección que acaba siendo mucho más eficaz que todos los decorados de Gil Parrondo, y no sé si me explico.

Hay detalles que logran esa magia que es propio del buen cine moderno y me viene a la cabeza El viento que agita la cebada, de Ken Loach. Como el personaje Hugo (gran actuación de Gorka Aginagalde), con esas alpargatas negras que se calza cuando está tullido y su traje de los domingos, tan de elegancia de pueblo; es como adentrarse en una de esas fotos de nuestros abuelos navarros. Como el casino o el club del pueblo, donde se grita ¡Viva Dios! cuando llegan los capitostes de Mola y que evoca quizá sin proponérselo a los cuadros de Zuloaga o Gustavo de Maeztu. Hay un plano de un guardia civil, envuelto en su pesada, que no tiene desperdicio. También es un hallazgo la inclusión del abuelo carlista, con sus dios, patria, fueros, rey, boinazo rojo en ristre y toda esa elegancia de galones y medallones que gasta, fantaseando gestas al mando de Zumalacárregui. Hacer ver el pasado, ese pasado nebuloso y mágico de nuestros abuelos tiene su miga. Un logro del cine es desmitificarlo. (Quizá el nacionalismo no se cure viajando, sino yendo más al cine.)

 

Memoria histórica

La película parece, por otro lado, rodada a instancias de algún amiguete de Garzón. El momento en que el cura Ugalde acude hasta el boscoso lugar donde yacen los cuerpos de los filorrepublicanos asesinados y dice aquello de “los habrán matado, pero no conseguirán que el olvido también les mate” y apunta sus nombres en una lista es sobrecogedor. Uno se pregunta entonces quién se atreve ahora a negarle el derecho a nadie de encontrar los restos de sus familiares que fueron matados tan cobardemente y que llevan décadas en el más macabro de los abandonos.

Me ha sorprendido gratamente esta película. Española, que trata sobre la guerra civil, con falangistas con bigotillo pero que, sin embargo, sobrecoge y emociona. Sobre todo el final, con 7ª Sinfonía de Beethoven, a pies del barranco por el que fueron despedidos unos cuantos, con la crueldad de ayer que hoy algunos pretenden que olvidemos.

¿Olvidaría el Ilmo. y Rvdmo. Mons. Dr. Rouco Varela también el sufrimiento de Jesús en la cruz?

 

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Hoy día es muy fácil viajar, cada vez. Easyjet, la propia palabra lo indica. Vueling, lo mismo. Lo realmente complicado es no-viajar, escapar de corriente centrífuga de nuestros tiempos en que diez días en la misma ciudad parece ser síntoma de amusgamiento existencial y tampoco es eso, coñe. Conozco (virtualmente) a gente cuyo vivir es un trasiego constante por ese país que los poetas malos se refieren como la piel de toro. Un día en Gerona/Girona, otro en Bilbao, otro en Sevilla, otro en Barcelona, otro en Badajoz. Y no son comerciales de ropa interior femenina.

Ese es el viaje que podríamos llamar no-viaje, y que hace que uno se despierte por la noche preguntándose dónde está y queriendo reubicar sus feng-shuis alelados de tanto ir y venir. Y luego está el viaje, el Viaje con mayúsculas, ese que da para diarios de viaje y que, a diferencia del turisteo, tiene por fin provocar un cambio (de percepción, de cosmovisión, de divisas) en el viajero. De esos ya hacemos menos.

Es un viaje con su dosis de aventura, como una vida en pequeñito, una juventud acotada, en la que despierta un poco ese yo entusiasta que a veces mantenemos en un stand-by casi mortecino. Un viaje que es básicamente lo contrario al de novios, en las antípodas del concepto de viaje: paquete de la felicidad a lomos de Iberia del que intuyo que uno debe de sentir de pronto unas angustias extrañas no especificadas en la letra pequeña del contrato nupcial (ya me entiendo yo).

Pero yo quería hablar de la posibilidad que ofrece Internet para viajar en fotos. Es la versión moderna de aquella sesiones soporíferas de diapositivas con las que los Plómez torturaban a los Zapatilla. Sólo que aquí uno es el que controla el paso de las filminas y eso da poder y espanta la posible turrada por empacho. Yo acabo de volver del Parque Nacional Cahuita, en Costa Rica, gracias al muy aplaudible (o plausible) trabajo fotográfico de Jojojordi Santamaría. Basta pinchar en este enlace, darle a F11 para que se agrande la pantalla y dejar que la presentación vaya a su ritmo. 

No hay el riesgo de la aventura, ni los olores, ni los calores húmedos, pero sí un aspecto en el que todo viaje es fundamental: la contemplación de la belleza. Pero tener ojo para eso ya es cuestión de cada cuál y también hay que entrenarlo. Pinchen, pinchen.

Primate costarricense, by JS.

Primate costarricense, by JS.

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Atraco a mano tendida

Viví más de un año en el madrileño barrio de Lavapiés (allí había antes una sinagoga, y había que lavarse los picantes para entrar), y nunca me pasó nada. Hablaban de delincuencia e inseguridad ciudadana y yo sentía que eso no iba conmigo, como si tuviera la aureola de invencible que te daba la estrella del SuperMario Bros. Eso que uno veía cosas, como el portal de belén de los yonkarras de la calle Zurita, siempre a lo suyo, quemando sus cosas, con sus vidas demacradas.

Ayer pasé por ahí para visitar mi ex-casa. Un tipo salió desde ese portal de belén de la droga a pedirme un cigarro. Le dije que no tenía. “¿Te ha sentado mal?”. “No, no, hombre”. Al rato me aborda cuando salgo de un badulaque. “Oye, amigo, ¿tú sabes dónde está el refugio donde dan comido a la gente sin techo…?, ¿eres de aquí? Es que me han cerrado el cajero y está esa señora también sin cenar…”. “Creo que hay uno en la calle Pez”, le digo como notando que entraba en una especie de retel trampesco.

De pronto, estaba inmerso en Callejeros, con José Luis, que así decía llamarse este ex-presidiario de Gijón, que había pasado seis años en Alcalá Meco. Rostro chupado, mentón saliente, manos rudas y ásperas, pelo arrubiado, ojos claros. Tono de dar pena. “Te cuento mi experiencia, espero que no me juzgues por estas pintas, yo antes tenía paro y ahora ya no tengo, y tengo que vivir en la calle. Me han echado de la estación de Méndez Álvaro unas cuatro veces, no sé, son leyes, dicen que no se puede dormir en el recinto, ya ves, pero bueno, yo sólo quiero volver a Gijón, soy de Gijón. Si no te crees lo que te digo lo podemos comprobar, por favor, amigo, ayúdame, ¿cómo te llamas?”.

“Edu”, le digo, para evitar la solemnidad de un “Eduardo”. Y ya estoy metidísimo en su trampa. “¿A dónde vas? ¿Por arriba? Mira te acompaño y me doy la vuelta. Con que me escuches me vale”. Y yo estoy dispuesto a escucharle, si viviera aún ahí hasta le invitaría a cenar, si me lo pidiera. “No quiero que me invites a cenar ni nada de eso, quiero que me ayudes, Edu”. “Bien, bien, te escucho”. “Yo no quiero volver a la cárcel, pero tal y como está todo a veces pienso que voy a tener que atracar un banco o algo, macho”. “No, hombre, eso no lo hagas”. “Edu, que yo le he puesto la navaja a un tío aquí (se señala el cuello) y he llegado a hacer sangre, ¿sabes?”.

Allí está el primer elemento del miedo: la alusión a la violencia. Tras el recurso de la pena (mezclado con el engaño: tengo que coger un autobús a Gijón) hay que aplicar la política del terror, como hacía Franco. “Yo no quiero volverle a clavar una navaja a alguien, porque lo puedo volver a hacer, Edu”. No lo dice como amenaza, pero allí está el dato. Y sus manos en los bolsillos de un anorak rojo abultado, allí puede haber cualquier cosa. No tengo miedo, estoy dispuesto a ayudarle, pero sí una prudencia racional de “este cabrón puede llevar en efecto una faca y dar un giro feo a la amigable charla”.

“Tienes que ayudarme, Edu”. “¿Y qué quieres que haga, José Luis?”. “Tengo que salir de aquí, irme a Gijón, empezar mi vida”. “Bueno, pues toma unas monedas”. “No, Edu, no quiero dinero, quiero que me ayudes“. La cosa se pone un poco espesa, ya. Estamos en la puerta de mi ex-casa, el tío insiste, nuestras caras están juntas. Mi oferta va aumentando conforme el tío se pone pesado. “Macho, no quiero recaer”. “Mira, toma diez euros”. “No, no, ayúdame”. “Tío, ¿pero dime qué quieres?”. “Vamos a un cajero, Edu, y me ayudas a pagar el billete a Gijón, son 25 euros“. Esa es su puja, su última palabra. Ya en el cajero, mi candidez me hacer pensar que se conformaría con los 25 rublos, pero algo me dice que quizá no se conformara. No pienso ir al cajero, vive Dios.

Subo mi oferta a 15. “Es mi última propuesta“, le digo. Aquello parece una versión limosnera de Sotheby’s. No están mal 15 eurazos teniendo en cuenta como está un poco todo. Parece que no le valen y empiezo a abrir la puerta, pero sin que parezca que le quiero dejar fuera, claro. “Toma los 15 euros (se los aplasto en la mano) y luego ya te las apañas, José Luis, sólo te quedan diez, ya más no puedo hacer, lo tomas o lo dejas”. “Eh, lo tomas o lo dejas, tío, no es así, no es así”. Encima de pseudoatracado, tengo que cuidar mis modales, tiene coña el asunto.

Al final consigo desembarazarme de José Luis, que parece insatisfecho y a mí se me queda cara y cuerpo de tonto. Le habría dado los 15 euros de buena gana, pero sus formas, su recurso a la violencia, su insistencia, me hicieron pensar que no me quedaba otra opción. Me coaccionó vilmente, el tío. La pereza de decirle mil veces que no era superior a la de darle el dinero. Me jodió, pues, no la pasta, sino que abusara de mi ingenuidad, de mis dosis quijotescas de ayudar al menesteroso. La próxima vez, tenderé a huir como de la peste de estas almas sin techo y me temo que se habrá instalado en mí el virus de la señorona desconfiada del barrio de Salamanca. Eso sí que me jode.

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Conforme pasan los años, a uno que escribe le parece más absurdo esto del deporte, domesticación sobre césped ralo de las otrora sangrientas campañas bélicas. Visto lo artificioso de muchos movimientos de la tramoya futbolística, donde jeques árabes o magnates rusos compran clubes ingleses a golpazo de talonario (Chelsea, Manchester City), uno se pregunta dónde queda el espíritu de ese equipo, convertido en mercancía como otra cualquiera para la especulación.

Visto que detrás de todo básicamente hay pasta, las victorias deportivas saben bien, sí, pero a poco. Cuando se da con el arrealismo que envuelve a cualquier competición deportiva, dejando al margen los JJ OO, entra una indiferencia insípida hacia cualquier palmarés glorioso.

A mí al menos me pasa. No me levanto un domingo de madrugada para ver a Fernando Alonso dar vueltas a un circuito sobre su coche zumbón, ni corro al diariodigital.es para comprobar sus marcas en la parrilla de salida. Sí, fui yo el de aquel gazapo radiofónico: “Atención, Juan Pablo Segundo entra en cuarta posición y Alonso en segunda, Montoya queda primero”.

No sé por qué demonios se les regala una ensaladera a los campeones del tenis, ni cada cuánto se juega la Davis, ni cuántos países juegan, ni cómo va la fase de clasificación. Tampoco entiendo su dinámica y los adjetivos “épico, glorioso, histórica” me recuerdan a las exageraciones de los redactores económicos bursátiles. Que España lleve tres años seguidos ganando el Tour (Contador, Sastre, Corredor, que alguien me corrija que paso de levantarme a Google), me llena de un orgullo y satisfacción que no se lo cree nadie. Y que estos canijos en moto, Pedrosa, el otro, el chulillo, que se parece a Art Garfunkel, ah, sí, Jorge Lorenzo, me parece ejemplar y digno de elogio, pero que no me toque a mí cantar sus gestas.

Sin embargo, los tres goles de Osasuna de ayer y su abandono del farolillo “rojillo”, me hicieron lanzar vítores desde mi silla cuando lo vi en undiariodigital.es. A por ellos.

Oé.

*Ah, y lo de la Eurocopa y lo de Nadal me alegró, claro, si no estaríamos ante un psicópata que ni Hannibal Lecter, y no es el caso.

**Dedicado a Jesús Pagola, El Piolo, erudito hondo y rojillo hasta la médula.

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