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Archive for 31 diciembre 2008

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Las bloguarrillas

Sé que este tipo de post son polémicos y levantan ampollas y esas cosas. Odio la expresión levantar ampollas, pero me apetecía ponerla. La idea de este post, siempre extrañamente azarosa como todas, no surge de un propósito moralizante ni roucovareliano. Nos nos rasguemos las vestiduras, antes de tiempo, que hace frío. Se trata simplemente de una puesta en común de mi asombro a esta nueva y proliferante forma de comunicación escrita: los blogs porno-eróticos.

Uno da con ellos como se da con la gente en la blogosfera, saltando, como los chinos de Humor amarillo, de comentario en comentario. No es que uno los busque, se encuentran, a lo Picasso. No soy aficionado a ellos, porque la literatura porno-erótica no es lo mío. Si te gustan los coches, lo que quieres es conducirlos, no leer una novela sobre coches. Sí a lo mejor una revista, que es algo como más cercano a la realidad, en su parte visual al menos. De hecho, me atrevería a afirmar que se venden más revistas porno-eróticas que novelas porno-eróticas. Y de novelas de coches hablamos otro día, si eso.

No hay en estos blogs medias tintas con el lenguaje ni los temas. Si alguien se corre, se corre. Si se está mojada, se está mojada. Puede haber más o menos pericia en el uso del lenguaje y alcanzarse una gran calidad eroti-literaria. Pero detrás del texto, subyace una carnaza sexual de aquí te espero marinero. No pondré ejemplos, porque parecería un acusica o un cura-y-barbero en donoso escrutinio. Pero recuerdo un pasaje que leí por ahí que me impactó, por su fuerza sexual-expresiva:

Me meto el puro en el coño. Disfruto, después, viéndote como lo fumas con placer.

La autora no da datos personales, pero no tiene reparos en facilitar un mail de contacto y hasta rasgos de su físico: unos ojos, unas caderas, unas piernas entreabiertas. Las categorías ilustran la temática de estos bloguarros: sexo, porno, deseos, fantasías, perversiones, locuras, desconocidos, ex novios, etc.

Hace poco leí una historia de voyeurismo, en que la autora descubre con entusiasmo a su desnudo vecino de enfrente, en una abigarrada callejuela española propicia para un voyeurismo de calidad. La observadora confiesa que le excitó sobremanera el espectáculo que presenció, en el que el sujeto se dedicó a un onanismo frenético que acabó con su fallida descendencia nadando en torno al ombligo. Acto seguido, ella comenzó su particular festín, en la oscuridad del placer robado, cuenta.

Capítulo aparte son los textos de presentación, que tienen algo de invitación a la lujuria. “Ahora no tengo novio, pero me gusta esa redescubierta soledad. Me chifla el sexo y las aventuras inesperadas. También jugar a dardos y la gastronomía extremeña. Jalisca73@gmail.com“. Hay uno, sin ir más lejos, que incluye una categoría titulada Guarrilla.

Sí, porque estas bloguarrillas confiesan abiertamente (bajo el anonimato internáutico) su amor al sexo, incluso su amor al sexo sin amor. Se exponen, cuentan sus intimidades más escandalizapárrocos y recogen cada día una buena mies de comentaristas masculinos dispuestos a dar argumentos sicalípticos a los próximos doscientos posts.

¿Es esto bueno, malo? Ay, la moral. Pues no sé. Venga, me mojaré: yo diría que no, que no es malo. No deja de ser una forma de ligue más, más selectiva, no-alcohólica y barata que conocer a un tipejo en un bar, que a saber… Además, aunque no me guste del todo el género, no deja de ser un ejercicio literario. Pero, ay, no sé, tiene algo que no me convence. Ya sé qué es: el sexo sin amor no me convence. Desnudado me he. Estudié donde Sanjosemaría y eso marca.

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Mi primer iPod chispas

Me siento absolutamente un hombre de mi tiempo (y ya iba siendo hora). Llevo un iPod en mi bolsillo. Por sus concavidades de pelusas pasaron antes quieroynopuedos sonoros, vulgares emepetreses de ridículas capacidades y sencillísimos usos (de adelante hacia atrás). Incluso un mp4 marca Cronique Zen que me regalaron los Reyes el año pasado y que, personalmente, me ha parecido basura tecnológica total. Vamos, me ha durado cuatro usos y su funcionamiento es un galimatías egipcio. El supuestamente tan complicado universo iTunes es, a su lado, un cuadernillo Rubio.

Soy feliz con este pequeño cachivache amigo. No se podría haber diseñado mejor una criatura tan pequeña, delicada, fina y con tanto mundo interior. Es como una mujer ideal. Que se enciende y se apaga a nuestro gusto, más ideal aún. Después de perder media mañana (teniendo en cuenta que me levanté a media mañana, o al mediodía para ser exactos), configurando sus tripas, he concluido con éxito la operación de introducirle música de mi colección real y, atención, comprada (casi toda): Franco Battiato, Ruper Ordorika, Souvenir, Christina Rosenvinge, Bob Dylan y los Rolling Stones han sido los privilegiados en adentrarse en ese mi pequeño tesoro negroide y nanísimo. Niente è reale, de Battiato, ha sido la primera canción en sonar. Sus notas me han parecido realísimas, dentro de la real que puede ser una nota musical que llega a través de unos auriculares lanzada desde un aparatejo que convierte no sé qué impulsos binarios copiados en canción.

No me apetecía mucho, pero he salido a la calle. Un iPod, como un perro, hay que pasearlo. Ese ha sido el motivo de mi salida patiperreadora, que me ha provocado el feliz hallazgo de una revista, en el muy castizo pasadizo de San Ginés, titulada Villa de Madrid y dedicada al Madrid literario. El Madrid de Baroja, el de Galdós, de Larra, los cafés, las tertulias…, joyaza por diez eurillos que me he pagado a gusto.

ipod3Tenía la cabeza espesa y apretada, no obstante, y la música no se posaba en mis oídos. Sonaba pero parecía como si las porosidades auditivas no estuvieran abiertas o receptivas. Y, al final, un iPod no es para dejarse fascinar por la definición de sus imagencitas, o ver cómo al tumbar el aparato aparecen los disquitos, como en un jukebox galáctico del siglo veintitrés. El iPod, las cosas como son, sigue sirviendo para esa cosa tan antigua que es escuchar música. ¿Y si hubiera perdido mi capacidad de apreciar la música en el paseo? ¿Y si no tuviera madera de walk-man escuchante? Espero que no.

Porque desde la irrupción de los reproductores mp3 ha aumentado considerablemente el número de paseantes solitarios. Atrás quedan los tiempos del aparatoso walkman, del marginal miniDisc, del incómodo y grandoide Discman. Había que ser muy musiquero para ir con esa cacharrería encima, aunque muchos los hacíamos. Le tecnología cambia nuestras vidas. Conocemos a mucha gente nueva gracias a Internet. Paseamos mucho más gracias al iPod. ¿Trabajamos menos y vivimos mejor? Estoo…, no tan rápido, Flannagan.

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Prometí post sobre la Elío y aquí estoy. Es un descubrimiento que quería compartir. Había oído, o más bien leído, la frase de “volver es irse”, referida a la idea general de regresar a tu ciudad natal y, en particular, de volver a Pamplona. Me pasó Miguel Sánchez-Ostiz un escrito suyo, un cuadernillo, con reflexiones del tipo ‘autobiografía literaria’ (De un damero maldito, publicado en la Revista Internacional de Estudios Vascos [Riev], numero 52, ene-jun, 2007).

Y ahí di con la autora de la feliz frase. Regresar es irse. ¿Y quién esta señora? En primer lugar, la di por fallecida, y no hay constancia de ello. Tan “sólo” tiene medio siglo más que yo, pero vive en el barrio de Coyoacán, en Ciudad de México, espero que feliz y con buena salud. Hay algunas referencias en el librillo de Sánchez-Ostiz.

En 1936, tras fuga azarosa, se exilió con su familia a México. Es autor de uno de los libros más hermosos que conozco acerca del regreso a la ciudad natal (la suya y la mía): Tiempo de llorar. Gabriel García Márquez le dedicó Cien años de soledad. Para más información ver: Soledad de ausencia. Entre los recuerdos de la muerte (España, 1936), de la que fue autor su padre, Luis Elío Torres. (Hay edición actual, Pamiela, Pamplona, 2002.)

En Internet, encuentro algunas impresiones más sobre su novelesca e interesante trayectoria. Leo que nació en el seno de una familia republicana hecho este que, sucedido en Pamplona, suena como a ciencia-ficción. Familia republicana y Pamplona, sí, no haré aquí la humorada barojiana aquella de El pensamiento navarro, pero vamos. Tiempo de llorar, ese título lo dice todo. Emociona con sólo leerlo. Recuerda al Tiempo de silencio de Martín Santos y su posterior y extraño Tiempo de destrucción, que estuvo tantos años en una estantería de mi casa sin que le hiciera mucho caso. Obra inconclusa, decía la contraportada, y hay que tener mucho ánimo para leer una obra inconclusa de Martín Santos. También evoca a Áspero mundo, del hastiado Ángel González.

Se casó con un tipo inquieto, un tal Jomy García Ascot, y juntos rodaron una peli, En el balcón vacío, basada en textos de ella. En aquellos tiempos de exilio, frecuentaban a gente como Luis Buñuel, Emilio Prados, Carlos Fuentes u Octavio Paz. Había vivido una infancia, como el Ángel González de Primera evocación, con sonido de bombardeos en la trastienda, con miedo. Un miedo como de Los girasoles ciegos, con persecución y posterior encarcelamiento del padre, a quien creyeron muerto muchos años.

Masticó el miedo con el mal jarabe del exilio y volvió, de visita, a su Pamplona de siempre en 1969, en compañía de su hijo Diego. Quizá se quedara corto aquello de Tiempo de llorar al sentir ese escenario tan ajeno y distante en el que no pintaba nada. Por cuestiones políticas, sí, pero también por otras. La distancia de quien ha conocido la libertad, los ambientes creativos, la amistad sin mordaza, y que vuelve a esa Pamplona estática del franquismo.

Dije el otro día, en la presentación de las postales, que Pamplona tenía su pasado literario (y humano) y que había que escarbar un poquito. Se siente uno dueño de un extraña pepita de oro cuando se produce un hallazgo de ese tipo y la distancia con la ciudad natal se achica un poco. Habrá que leer, con una media sonrisa, Tiempo de llorar.

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Los no-días

Voy a concluir esta serie de las no-….cosas que comencé con los no-cigarros (en sus dos entregas, una y dos) y proseguí con las no-respuestas. Hoy reflexionaremos sobre los no-días, esos días que no sirven para nada más allá de trasladarse de una ciudad a otra. Son días marcados por las cinco horazas en autobús, con su paradica en Soria. El otro día pensé que Soria es la ciudad en la que más veces he estado de mi vida, aunque nunca haya salido de la cuadrícula estacionil. Precisamente por eso, me puse a experimentar con esa idea y escapé de los márgenes que siempre he frecuentado; sentí que se abría una nueva dimensión, que Soria era más que una estación de autobuses, y cuán acartonada era mi imagen soriana, reducida a cuatro imágenes presididas por la cafetería York.

Pero no nos alejemos de los no-días. Son días con un extraño jet-lag nada heroico. El autobús te deja levemente atontecido, boca pastosa, cuerpo sinsorgo y una apatía considerable que hace que la maleta pese más de lo que pesa. Se entra a Madrid como de mala gana, la mugre nos pega en la cara. Lo mismo ocurre si uno va a su lugar de origen, hay como una pereza cósmica por adaptarse a ese nuevo escenario, a nuestro mundo natal que es tan poco nuestro ya, y que tratamos de recuperar algunos con vanos ejercicios literarios. “Regresar es irse”, decía María Luisa Elío (personaje del que habrá post, posteriormente) y más si al entrar a casa nos topamos con que el felpudillo de entrada nos recibe con un simpático Adiós. (Alguien lo colocó al revés, y debería decir Hola. Pero no, dice Adiós, el jodido.)

El pequeñoburgués se puede permitir reducir la carga negativa del no-día si viaja en Altaria. Tres horas y pico no dan para mutilarte la jornada y el jet-lag se reduce también considerablemente. Aunque si las pasa sobando pagará por ello: parece como si dormir en los transportes públicos tuviera algo de antinatural (que lo tiene, en el Pleistoceno no había costumbre de dormirse en movimiento; son siglos de sueño sedentario, y eso se nota): aborda la nueva ciudad con el sol filtrándose entre las legañas y eso es como entrar por la puerta falsa.

Paso muchos de estos no-días dormido, o durmiendo, que no es lo mismo pero es igual. Duermo cuando quiero que pase algo rápido. Dormí mucho cuando dejé de fumar. Quizá eso sí sea natural: muchos animales también duermen (hibernan) cuando quieren que pase algo rápido (el duro invierno). Sabes que no habrá sorpresas en ese día, que se limitará a rellenar y vaciar maletas, a lidiar con la logística personal, en ese eterno retorno de calzoncillos sucios al que los que no podemos pagar Altarias y muchos menos ecuatorianas de la limpieza estamos abocados.

El auténtico no-día tiene mucho de vacío. Está lleno de vacío, diría el poeta ingenioso. La nevera, por ejemplo, está llena de vacío. Aún se mantiene fresco en el estómago el recuerdo de la impresionante cena de Nochebuena y su pantagruélica felicidad emplatada. El foie, marisco, magret y demás se troca por unas sospechosas gyozas o empanadillas chinas que, están ricas la verdad, pero que pasan también su factura estomacal. Hay también algo de antinatural en comer tanto comistrajo asiaticoide y mi organismo me avisa y debería empezar a hacerle caso.

No hay mal que cien años dure y los no-días, con su carga de vacío, pasan, se esfuman, byebye. Entonces llega un día de verdad, que se despliega ante nuestros pies como una alfombra damasquinada y prometedora de vida y todo es susceptible de ser celebrado.

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No he quedado satisfecho con el post anterior. Demasiado cerebral, demasiado redondo, un punto dogmático:

¿Qué hacer con los hechos, qué hacer con las interpretaciones? Relativizar al máximo, conocer con exactitud las circunstancias que rodearon al hecho y, sólo entonces y si es necesario, posicionarnos y obrar en consecuencia.

No he quedado satisfecho porque mientras veía Manhattan, de Woody Allen, me he sobresaltado cuando los personajes de Diane Keaton y Allen hablan sobre los hechos.

Diane: Hechos. Conozco a la perfección un millón de hechos.

Woody: No sirven para nada. No valen nada. Nada que realmente merezca la pena saberse entra por la mente. Lo verdaderemente importante entra a través de otra abertura, si me permites el simil tan grosero.

Diane: No estoy de acuerdo. ¿Cómo puedes despreciar así el pensamiento racional, dónde estaríamos sin él?

Woody: El cerebro es un órgano sobrevalorado.

¿Qué hacer con los hechos, qué hacer con las interpretaciones? Tratar de escuchar o acercarse a esa otra abertura, de la que habla Allen.

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Intenté reflexionar entre gamba y gamba sobre el concepto de ‘hecho’ pero no pude. A lo sumo, la mente se me iba hacia Almería, tierra de sardinas perezosas, tostadas cherigan y otros manjares. Además, en un momento dado, se me puso rojo el testuz de tanta partícula crustácea o molusca, pues no sé realmente si lo que no tolero bien es a los señores langostinas o las muy respetables ostras. Pobres del mundo, perdonadme por estas líneas.

En el inodoro, me ha venido la imagen del árbol que cae en el Japón hace mil años y que nadie escucha. ¿Deja sonido? ¿Cómo saberlo si no hay nadie que lo certifique? Los hechos me hacen pensar en esos fenómenos naturales que ocurren -porque no negará don Nietzsche que el Katrina pasó por Nueva Orleans-, pasan, con su sobriedad y elegancia nada humana, y después generan un abonado y fértil campo de interpretaciones.

Los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Su posterior instrucción y proceso judicial. El accidente aéreo de Barajas, este verano, y el partido de fútbol Dinamarca-España, celebrado pocas horas después. Hay hechos que suceden sin que nosotros hagamos nada y otros en los que se aparece nuestra responsabilidad. Y la posibilidad de hacerlo bien o mal, a nuestros ojos y a los de los demás. ¿Debería haberse cancelado aquel partido, como muestra de respeto a las víctimas del Spanair siniestrado? No tengo respuesta para tan abismal pregunta. Sí, en cambio, la tenían muchos periodistas, primeros en posicionarse y manchar apresuradamente de opinión, de interpretación, con un punto agresivo, los hechos.

Vuelve al mercado editorial Los hechos, una autobiografía de Philip Roth que ya salió hace veinte años. El escritor y articulista Paul Johnson daba tres consejos a la hora de escribir columnas en prensa: hechos, hechos y hechos. Y un toque de ironía. Se habla de la faction, que intuyo algo parecido como a la religión de los hechos, única materia para practicar buen periodismo y alcanzar la verdad. (Por oposición a fiction.)

Diría que los hechos son menos lesivos que las interpretaciones. Los hechos pasan, pero las interpretaciones quedan. Van, vuelven, torturan, revisan, deconstruyen, hacen, deshacen. Alguien abandona a alguien. Chica deja chico. Es un hecho. Pasa, duele, como el esparadrapo que se quita rápido de la herida.  Pero las interpretaciones (¿por qué me dejó? ¿qué hice mal? ¿fue todo culpa mía? ¿pude preverlo y evitarlo?) pueden perpetuarse de por vida, mutando, expandiéndose como hiedra, necrosando la razón.

El propio escritor se recrea en unos hechos que interpreta a su manera para avanzar en la construcción de su novela. ¿Por qué se fija en unos hechos y no en otros? ¿Por qué el peso de su interpretación se inclina más hacia un lado que hacia otro? Porque entiende que hay hechos que están mal y que conducen a la creación de cosas horribles. Cualquier acción que pueda frenar ese avance, es un éxito.

¿Qué hacer con los hechos, qué hacer con las interpretaciones? Relativizar al máximo, conocer con exactitud las circunstancias que rodearon al hecho y, sólo entonces y si es necesario, posicionarnos y obrar en consecuencia.

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