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Archive for the ‘Autopromoción’ Category

Hace cosa de un mes, el blog aquí instalado se me fue al garete. No podía entrar, toquitear, manipular, subir post. O posts. Levemente desesperado, me tuve que mudar a Blogger. Perdí lectores con el cambio, sobre todo porque no les pude avisar de mi inesperada mudanza. No podía entrar aquí para decirles que estaba allá.

Ahora ya me he vuelto a crear un hueco en otra isla pixelada, a la fuerza ahorcan, expresión que nunca he entendido y que ni sé si viene al caso aquí. Anthony y Sheri, de WordPress, me han atentido muy simpáticamente, cuando por fin he dado con ellos vía Automattic. Pero ya es demasiado tarde y demasiado mareo el volverme a quedar aquí. Os espero en Blogger.

http://elnaugrafodigital.blogspot.com

Eduardo

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Es una dulce condena. No quiero, ni por un momento, pasar por quejicoso. Doy gracias a todas las circunstancias (Gob. de Navarra, sobre todo) que han hecho posible (qué tópico queda lo de “han hecho posible”) que una parte de mí esté dispersada por las librerías de la dura España.

Hace poco lo pensé. Concretamente, el 15 de noviembre de 2008, en Fuente Vaqueros (Granada), durante la boda de un amigo llamado David González de Olano. En ese tiempo impreciso de la digestión, del caer en ese tiempo límbico de copeo y danza, remarqué, mientras hacía pis, lo acojonante que era que una parte de ti ya no dependiera de ti. Quicir, bastaba con que alguien, a esa improbable y tenebrosa hora del comienzo de la suar de un sábado de otoño, abriera postales del náufrago digital y recibiera un poco de esa mi dorada lluvia literaria.

Sí, porque así como muchos periodistas son políticos frustrados (excepto Luis Herrero), me atrevería a decir que los escritores son/somos prepotentes aspirantes a Dios. Por eso el placer de la omnipotencia, el paladear la cosa de que alguien te abre una página en Girona, otro en Estella y otro en Huesca, como me contó Rosa que hacía su suegro. Un señor al que jamás conoceré pero que me conoce a mí, en cierta forma. (Escribir como acto de violencia e imposición, plantea Constantino Bértolo en un ensayo: “Tú lees esto ahora que yo he escrito”. Unidireccionalidad en toda regla. Por eso el blog es como más democrático.)

Diréis, sí, pero un político hace cosas importantes y un escritor sólo escribe libros. Es cierto. Pero los políticos pasan, y los escritores permanecen. Conscientes de eso, los últimos presidentes franceses han querido dejar huella en París, con sus particular obra faraónica. Como Gallardón, que se ganará su cachito de omnipotencia y eternidad con su entramada de circunvalaciones, túneles y radiales alrededor de Madrid. Intentar conquistar el alma de los ciudadanos, terreno tradicionalmente reservado a los artistas o religiosos.

¿Qué ha hecho Dios por la humanidad? Vaya pregunta, sí. Estoy seguro que ante el dilema “matar a Dios” o “matar a un político” la segunda opción sería la más pinchada. Quizá, sí, la literatura sea el último vestigio de la religión en la tierra, como dicen hoy que los museos son las catedrales del siglo XXI. ¿Ser lector es ser un devoto? Podría ser. Y esto no lo entienden quienes desdeñan las novelas. Son todas ellas religiosidad, trascendencia en sus diversos grados, llenas de knock knockin’ on heavens door.

Me estoy enrollando. Pero sí, lo reconozco, quizá la vocación literaria tengo algo de curil, de sermoneador a lo Gabilondo de par de mañana. Un ingenuo deseo de cambiar el mundo, aunque sea proponiendo unas pautas estéticas, que no es poca cosa. Total, que todo este endiosamiento bipolar mecomolmundo se viene abajo cuando uno, en el rol de autor novel, se da un paseo por un Gómez, un Elkar, una Casa del Libro o cualquier otra librería. El autor novel pasea, soportablemente frustrado, por entre los pasillos de tal librería. Por el rabillo del ojo busca su libro entre los best-sellers y los grandes nombres, desconocidos muchos, pese a su grandeza. Envidia. Un punto insana.

El libro debe de estar, pero en las catacumbas de la librería. Y un libro no se compra si no se ve. Si se ve, en cambio, el de Santi Santamaría, ese provocador de los fogones. Quizá la solución sea el golpe mediático, la boutade fou, la salvajada en YouTube. Quizá tener un poco de paciencia y dejarse de autoendiosamientos de tiro corto con toque de delirio.

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Presentación

Recuerdo una profesora de parvulitos llamada Presentación Murguialday Murguialday. No sé qué me desconcertaba más, si ese nombre para mí aséptico y demasiado largo o la repetición del exótico murguialday. Pienso ahora que ese nombre no quería significar ‘mero hecho de presentar algo a alguien’, sino la presentación del Niño Dios al mundo, o algo asín.

Este lunes toca presentar el libro, postales del náufrago digital, en el Nuevo Casino Principal (pza. del Castillo, 44, 1ª, a las 20h) de Pamplona. Habrá que pensar, pues, que presentación significa también algo mágico y sagrado, para llenarse de fuerzas. Porque así, cuando aún quedan algunas horas para tan magno evento, da cierta perezuela existencial ponerse ahí, en público, a porta gayola, a hablar del libro de uno. Para aliviar estos síntomas del miedo escénico me acompañarán los poetas Daniel Aldaya y Julen Carreño, particular tabla de salvación a la que me aferraré con uñas y dientes.

Porque, como dice Vila-Matas, él se hizo escritor para no tener que hablar, y luego resulto que tenía que hablar para poder seguir escribiendo. Parece, entonces, que el verdadero umbral que te acerca al difuso estatus de escritor pasa por hablar en público. Puedes haber parido tres o cuatro originales más o menos felices, incluso haber publicado algo (dice Alberto Olmos que sólo a quien ha publicado puede considerársele escritor), que si no has pasado por el trámite de la cosa pública no has hecho nada.

Hay quien lo pasa verdaderamente mal en estos trances. Dalí, por ejemplo, que gustaba de calzarse zapatos de tallas menores que la suya para así, con esa presión, alcanzar cierta relajación, y que tuvo que inventar un personaje para refugiarse en él. O el propio Vila-Matas, que inventa novelas como Doctor Pasavento que pivotan en torno a la idea de la desaparición, idea de desaparecer que surge ante el compromiso de asistir a no sé qué congreso literario en Sevilla, del que acaba escurriendo el bulto literariamente.

 Supongo que lo pasaban tan mal por una timidez patológica y por querer mantener siempre alto el listón de su genialidad. Esto es más o menos gestionable desde el estudio de pintura o desde el escritorio, pero en el atril de ponentes es más jodido, porque es asunto creativo es en vivo y en directo. Autoconsejo: déjese la brillantez para el verdadero oficio, y no para las presentaciones públicas.

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La filtración de Violeta-Sardina es cierta. Poco antes de que Barack Obama se erigiera como flamante presidente de los nuevos EEUU, la imprenta escupió los últimos ejemplares de la primera edición de postales del náufrago digital. Esta mañana ha llegado un mensajero color aceituna cargado de cajas. Le he ayudado a subir dos de las cuatro que traía, hasta el tercero. “Qué paliza”, ha suspirado ya en mi pequeño cubil.

Uno no se da cuenta a menudo que las cifras (pasa parecido con ciertas víctimas) tienen luego su componente real. Creo que son ochenta, pero ocupan medio salón. Me hacen buena compañía. Ilustradas por Valero Doval,  estas postales (término robado al de Urtala), prologadas por Miguel Sánchez-Ostiz, estarán pronto en las mejores librerías.

Recuerdo ahora aquellas tardes de otoño de 2005, sumido en la intensa oscuridad de la luz de noviembre, en cómo aporreaba el teclado bloguilmente. Ya estaban entonces los fijos, en aquel islote de PD, más impersonal que este: Molusco, Violeta, Passy, Bro, Rosa, Quintín Etxebarría, CCG, Itúrbide y Zoilo Lasala, el gran Zoilo, con toda su cuadrilla de amigos, Martín Txipía incluido, que tanto me alentaron. Mario Moliner ya daba el coñazo por aquel entonces.

Sin habérmelo propuesto, no me salió un pareado, pero sí un simpático libro que enseguida pasará a formar parte de ese territorio antihostil llamado librería. Pero lo más ilusionante es pensar que pueda estar en las vuestras, vuestros estantes librescos, junto con un Philip Roth, un Javier Diaz Húder, un Eduardo Mendoza o un Felipe Benítez Reyes.

Una vez me dio por pensar sobre el acto de guardar libros -los que merecen la pena- e ir cargando con ellos como un caracol cada vez más cheposo. En un arranque cursiesco, me dije que aquellos libros ordenaditos, que se visionan rápido desde la estantería, eran algo así como “postales del alma”.

Vayan, pues, dedicadas estas postales a todos vosotros.

(A partir del lunes 10, en El Parnasillo de Pamplona. Madrid, País Vasco y Barcelona, próximamente.)

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