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Mi amigo Latinajo me comentó el artículo de Vargas Llosa del domingo en El País, y que merece la pena leer con calma. En primer lugar, porque el escritor se posiciona del lado palestino, del lado de los que sufren, del lado de los puteados. Se moja, y lo hace por unos motivos. Lleva a cabo Vargas un loable y limpio análisis de la situación, y trata de entender el origen del conflicto. Gaza es una ratonera. Es más, hay ratas. Viven un millón y medio de personas, arrinconados por obra y gracia de Israel, que se las ha apañado para incomunicar a esta región, “cerrándole el uso de agua y mar”, y dejándo salir solo “con cuentagotas” a sus ciudadanos, después de “trámites abrumadores y humillantes”.

Las comparaciones históricas son odiosas, nunca son exactas, ni del todo justas, pero los judíos de Israel han creado un revival del gueto de Varsovia, con palestinos esta vez. “Me pregunto si algún país en el mundo hubiera podido progresar y modernizarse en las condiciones atroces de existencia de la gente de Gaza”, dice Vargas Llosa. No se justifica, pero sí se entiende la escalada violenta de un pueblo que vive en esas condiciones. Sí, que se llegue al lanzamiento de cohetes, picaduras de mosquito comparadas con los cañonazos (para matar moscas) que emplean los militares de Ehud Olmert.

Vargas Llosa, como Juan Goytisolo hoy mismo, se ha dedicado a señalar la verdad: que Israel se está pasando tres pueblos. Que así no solucionará nada. Que hay intereses electorales detrás de toda esa macabra campaña, lo cual no es sino más asqueroso aún.

Acaba el artículo alabando al periodista israelí Gideon Levy, ojo crítico de las malas artes de su pueblo, al que ha dudado en calificar en dos ocasiones de “matón de barrio”. Valentía y decencia de la que no se han contagiado esos otros judíos siempre candidatos a rutilantes premios, como Amos Oz o David Grossman. Me recuerdan a ciertos escritores venezolanos que, de la noche a la mañana, se alineó junto a Chávez para no perder su privilegiada posición pesebreril. ¿Y qué hay de los Woody Allen, Philip Roth, Steven Spielberg o Bob Dylan, judíos de corazón y hasta sangre, o el propio Leonard Cohen, mi querido L. Cohen, ahora que lo tenías tan a huevo?

¿Dónde están los manifiestos? ¿La repulsa común? ¿La cohesión frente al horror? Hablan de paz. Sí, que llegue la paz. Con una tibieza que es indigna cobardía.

Amos Oz

Amos Oz

El viernes, con V., en la Fromagerie Normande. Leí en 11870 que el sitio era de 6. Pensé que sería una crítica demasiada dura y que, lo más probable, es que fuera de 7. No me apetecía un sitio de 9, porque a veces se alcanza más felicidad en torno al 6,5 que en cotas mayores, sobre todo para los que tenemos algo de epicúreo-estoicos (sí, de los dos a la vez).

El sitio es recomendable porque, en efecto, era más de 7 que de 6. Uno de esos locales que tienen un halo como de set de sitcom americana que recrea un restaurante francés. Mesitas pequeñas, juntas, y en cada una de ellas una pareja desplegando su particular abanico de arrumacos, gestuales y orales. Pero vayamos al meollo, a las Pequeñas Cosas mejorables. La ensalada. Debe estar compuesta antes de ser servida. No vale con una salsa complementaria, por mucha mostaza al vino y toque secreto que lleve. Agregar salsa a unas envidias tiesas es una actividad que se hace en los hospitales, en los self-services de las universidades públicas y en establecimientos de carretera, tipo Pransor. No debería haber sido así en la Fromagerie Normande, no, pero así sucedió, amigos. También podría hablar de la escasez y poca imaginación de las salsas que acompañaban a la carne para la fondue, pero no lo haré. Eso ya son detalles menores. El servicio, por cierto, sí que me pareció de diez.

Por último, en esta suelta algo cáotica de elementos que la comisión inspectora de la subsección hostelera que el PPC creará algún día, me gustaría hablar un poco del vino. De pronto, ante los recientes ataques de pijoterío culinario (ya no hay purés, todo son cremas; ya no hay macedonias, todo son ensaladas de frutas; ya no hay berros, sino canónigos), parece como si el vino fuera todo un producto exótico. Una cosa como de ultramares de los ríos que hay que pagar a doblón. Algo parecido al misterio de las naranjas, producto del que, en el país del sol, la luz y los cítricos, no entiendo porque cuesta como mil pelas el zumillo en cualquier barucho de Embajadores. Si me encuentro con Leopoldo Abadía, le pediré que me lo explique.  

Volvamos al vino. Hacer hoy una París-Niza en Pamplona exigiría pedir un crédito cuantioso. Pagar menos de 2,5 euros por un chorrillo de zumo de uva parece hoy imposible en cualquier parte. El sábado, Madrid, calle Cava Baja. Seis vinos y un poco de queso puro de oveja: 24 euros. Para todo lo demás, Masterjarl. En un país en el que se arrancan viñedos con nocturnidad y alevosía, de tanta producción que hay, tiene endrinas la cosa. Poca gente sabe que en Castilla-La Mancha se encuentra la superficie vitivinícola más extensa del mundo, con casi 200.000 hectáreas dedicadas a la uva. Recuerdo que, cuando viví en Ciudad Real, solía comprar unas botellas de Valdepeñas a 1 euro que estaban muy ricas. No nos timen, por favor. Aunque casi ninjas, tenemos derecho también a salir por ahí de vez en cuando.

Vid en Castilla-La Mancha

Vid en Castilla-La Mancha

El gran Molusco, en su aventura canadiense, habla de cómo en todas las brasseries de Quebec se incluye, por defecto (bendito defecto), el agua, pan y mantequilla, en cantidades sin limitaciones. Como pasa en Francia, básicamente, loable hábito que la provincia canadiense francófona ha querido mantener.

A mí, particularmente, me jode tener que pagar por un agua mineral que mi hígado, no tan refinado, no ha pedido. Con el agua del grifo, con su cal, cloro y demás minerales sacio mi apetito hidrófogo. Hay como un vacío legal ahí y parece como que sirviendo agua mineral Pijaqua todo se soluciona. Pero no. Los amantes del agua de nuestros pantanos usamos la palabra clave jarra, soportando la vergüencilla que ello implica; es una cuestión de principios. “Tráigame una jarra de agua, por favor”. Pero no siempre surte, nunca mejor dicho, efecto, y el camarero te trae una dosis de agua embotellada que sabe incluso peor que el agua corriente.

Otro vacío legal que habría que pulir y debatir en algún congreso a puerta cerrada del PPC tiene que ver con la delimitación de funciones de los camareros. Este sábado, acudí con Violeta a un establecimiento que recomendaba la guía LeCool: La Piola, en la entrañable calle León de Madrid. Sufrí de nuevo algo que ya experimenté una vez en una tetería de la calle Santa María: el estatismo de los camareros. Sí, mucha guía LeCool, camareros ídem, pero de un estatismo que ni La Cibeles. No sé que opinaría Arias Cañete al respecto, pero sé de decenas de camareros inmigrantes mucho más solícitos que aquéstos.

Uno se acomoda en toda esa culedad y no sabe si vendrán o deberá ir. Tras unos minutos de quietud, en que el camarero habla o lee alguna novela comprada en La Central, el cliente colige que, o mueve el culo, o morirá de sed. El cliente recoge también los ceniceros, las tazas de café con posos que harían las delicias de alguna putonisa (dícese de las prostitutas que combinan su viejo oficio con la lectura de la carta astral) y los traslada a la barra. Una vez allí, entre humazos poco cooles, el cliente intentará eludir esa sensación de tío que molesta para pedir algún bebedizo exótico, claro está.

Eso está bien si uno, el cliente, se siente activo y con ganas de ayudar. No mola tanto si se acude con alguien de poca confianza (una amistad de éstas cibernéticas, una muchacha a la que se quiere conquistar o lo que sea…) y el ‘tomar algo’ se convierte en un ir, venir, pedir, traer, esperar, sentarse, levantarse. Mire ushhhté, para eso me quedo en mi casa.

Más adelante sigo con otras quejicosas. Gracias.

No me preguntéis por qué, pero me gusta cuando la gente dimite, deja sus trabajos, abandona el yugo de la nómina para dedicarse a no sé sabe muy bien qué nuevas aventuras. Quizá a no hacer nada. A recordar, como JB Grenouille, olores de otro tiempo, con una sabiduría en el disfrute de la paz no al alcance de cualquiera. Cada una de esas sorprendentes dimisiones tienen algo de granito de arena hacia un ideal supremo (inabarcable para el PPC) al que siento que contribuyen: una vida menos frenética y agresiva.

Hablo de la dimisión de Rafael Doctor, hasta ahora director del Musac de León. Le hice una entrevista en mis días imparciales y me sorprendió la hondura con que respondía a las preguntas. En una de ellas, la grabadora registró como daba una calada profunda al cigarrillo, antes de soltar el torrente de palabras. Había algo de relato de Carver en todo aquello.

El caso es que me dio envidia su trayectoria y quise ser como él. Director de un museo de arte moderno, vanguardista, referente desde su modestia, en una ciudad pequeña y poética como León. Me enteré también de que escribía y que había publicado ya Masticar los tallos de las flores regaladas. La literatura, me contó, le hacía desconectar de todo ese jumelaje algo histriónico y estrepitoso que puede llegar a ser el arte actual, y esto no lo dijo él. También me dijo que no habla de arte en sus novelas.

Me sorprende, pues, esta renuncia, este pequeña deserción de náufrago/náuGrafo, si se me permite la comparatio. No sé cuáles son sus motivaciones, aunque sí reconoció un cierto agotamiento, una falta de energía. Seguro que más de uno le habrá criticado por abandonar el barco musaquiano. Desde fuera, me parece una decisión valiente, motivada por alguna llamada exterior hacia ese kit kat existencial que citábamos ayer, que me parece tan plausible, es decir, digno de aplauso.

Musac

Musac

Es un tópico eso de que hay ser/estar un amargado para hacer literatura. Lo dudo. Quizá haya que ser algo estoico, que no epicúreo, y combinar placer y displacer con actitud de alquimista. De esa fricción, a veces surge no solo literatura, sino ganas de producir literatura, que también es importante; pero esto lo pienso mientras lo escribo, así que lo podéis borrar de vuestra mente conforme lo vais leyendo. Para mí, escribir es más sinónimo de celebración de la vida. Escribir es vivir, titula José Luis Sampedro uno de sus últimos libros, viejillo entusiasta y vitalista donde los haya. Otra cosa es que, metido en los tejemanejes del vivir, al final no quede tiempo para buscar la soledad de náuGrafo necesaria pal escribir. Por eso, a veces, hay que apearse del barco y, a lo Alexander Selkirk, buscar ese retiro, ese kit kat existencial tan rico, esa  nada vital que permite llenar de todo el vacío del papel.

Pero lo que está claro es que ciertas pasiones obturan la salida de la cosa literaria. Como esos tapaculos, redondos y rojos que veíamos de críos por el campo, la ira, la rabia, el amargor bucal, estriñen el conducto de lo literario de golpe y porrazo. Hablan de Louis-Ferdinand Céline como el autor de la ira, rellenador de páginas y páginas poseído por una rabia inagotable, motor de su iracunda obra. Yo dejé a medias no sé si Viaje al final de la noche o Muerte a crédito por no entender muy bien qué se me estaba contando y, ya te digo, tampoco vi una ira del otro mundo y que me apuñalen aquí celinianos del mundo, uníos.

La ira sedimentada, macerada, sí que puede ser un buen motor literario, una pequeña vendetta servida en libro frío. No la otra, la impulsiva, la tremebunda, la que hierve al rojo vivo y luego se calma, hasta quedar en brasas grisáceas, como aquellas que aún seguían vivas en las mañanas de invierno y domingo de la chimenea de Echauri.

Es una dulce condena. No quiero, ni por un momento, pasar por quejicoso. Doy gracias a todas las circunstancias (Gob. de Navarra, sobre todo) que han hecho posible (qué tópico queda lo de “han hecho posible”) que una parte de mí esté dispersada por las librerías de la dura España.

Hace poco lo pensé. Concretamente, el 15 de noviembre de 2008, en Fuente Vaqueros (Granada), durante la boda de un amigo llamado David González de Olano. En ese tiempo impreciso de la digestión, del caer en ese tiempo límbico de copeo y danza, remarqué, mientras hacía pis, lo acojonante que era que una parte de ti ya no dependiera de ti. Quicir, bastaba con que alguien, a esa improbable y tenebrosa hora del comienzo de la suar de un sábado de otoño, abriera postales del náufrago digital y recibiera un poco de esa mi dorada lluvia literaria.

Sí, porque así como muchos periodistas son políticos frustrados (excepto Luis Herrero), me atrevería a decir que los escritores son/somos prepotentes aspirantes a Dios. Por eso el placer de la omnipotencia, el paladear la cosa de que alguien te abre una página en Girona, otro en Estella y otro en Huesca, como me contó Rosa que hacía su suegro. Un señor al que jamás conoceré pero que me conoce a mí, en cierta forma. (Escribir como acto de violencia e imposición, plantea Constantino Bértolo en un ensayo: “Tú lees esto ahora que yo he escrito”. Unidireccionalidad en toda regla. Por eso el blog es como más democrático.)

Diréis, sí, pero un político hace cosas importantes y un escritor sólo escribe libros. Es cierto. Pero los políticos pasan, y los escritores permanecen. Conscientes de eso, los últimos presidentes franceses han querido dejar huella en París, con sus particular obra faraónica. Como Gallardón, que se ganará su cachito de omnipotencia y eternidad con su entramada de circunvalaciones, túneles y radiales alrededor de Madrid. Intentar conquistar el alma de los ciudadanos, terreno tradicionalmente reservado a los artistas o religiosos.

¿Qué ha hecho Dios por la humanidad? Vaya pregunta, sí. Estoy seguro que ante el dilema “matar a Dios” o “matar a un político” la segunda opción sería la más pinchada. Quizá, sí, la literatura sea el último vestigio de la religión en la tierra, como dicen hoy que los museos son las catedrales del siglo XXI. ¿Ser lector es ser un devoto? Podría ser. Y esto no lo entienden quienes desdeñan las novelas. Son todas ellas religiosidad, trascendencia en sus diversos grados, llenas de knock knockin’ on heavens door.

Me estoy enrollando. Pero sí, lo reconozco, quizá la vocación literaria tengo algo de curil, de sermoneador a lo Gabilondo de par de mañana. Un ingenuo deseo de cambiar el mundo, aunque sea proponiendo unas pautas estéticas, que no es poca cosa. Total, que todo este endiosamiento bipolar mecomolmundo se viene abajo cuando uno, en el rol de autor novel, se da un paseo por un Gómez, un Elkar, una Casa del Libro o cualquier otra librería. El autor novel pasea, soportablemente frustrado, por entre los pasillos de tal librería. Por el rabillo del ojo busca su libro entre los best-sellers y los grandes nombres, desconocidos muchos, pese a su grandeza. Envidia. Un punto insana.

El libro debe de estar, pero en las catacumbas de la librería. Y un libro no se compra si no se ve. Si se ve, en cambio, el de Santi Santamaría, ese provocador de los fogones. Quizá la solución sea el golpe mediático, la boutade fou, la salvajada en YouTube. Quizá tener un poco de paciencia y dejarse de autoendiosamientos de tiro corto con toque de delirio.

Ayer disfruté de una alegre cena, en el restaurante más triste del mundo. Fue una cosa de contrastes, como Turquía, Navarra o Argentina. La reunión amical, lo triste del lugar y lo poco que nos privamos, porque la ocasión lo merecia.

Son tristes los restaurantes situados en pleno centro de la ciudad, pero que un viernes por la noche están vacíos. Tan vacíos, que el maître tiene que encender la luz del salón principal, conforme va acomodando en los clientes. Segundos después, enchufa el hilo musical, que mitigará el abisal silencio al que hay que hacer callar como sea. Vacío existencial, absurdo gesto el de reservar minutos antes por teléfono.

Triste por esas pomposas cartas con letra tipo Edwardian, plagadas de cagadicas ortográficas que Mario Moliner no toleraría nijartogrifa. Puerrros, berengenas, jamón ibrico. Hay un mal endémico en la carta de menús español, para el que el PPC estudia proponer una comisión auditora que recorra todos los locales de restauración con saña fustigadora. De los más ostentosos a los más humildes. Porque si esto pasa en un peleón Bahía Snack-Bar se entiende, pero en el restaurante de a diez mil de ayer, mire ushhté, no.

Son locales de gato por libre. La página web ya da una idea de por dó van a ir los tiros, pero uno le da otra oportunidad. Es una web de esas de los años noventa, con letras en movimiento y textos arrebujados; mejor no tener página web que tener una página web así. Pequeños detalles que, sumados, contribuyen al vaciamiento progresivo de estos locales, antes reyes y señores del lugar, cuando no había competencia feroz. “La gente está hasta arriba de comidas estos días”, nos dijo la simpática camarera de tez como la trufa. No cuela.

En estos restaurantes tristes te cobran hasta el respirar, no así en un humilde y rampante restaurante chino, en que con amabilidad marketiniana le convidan a uno a licorazos de lagarto, servilletas sudadas al vapor, palillos chinos, calendarios chinos y demás detalles de confraternización. Pero en estos suntuosos y decadentes restaurantes de los que hablo, te adicionan el IVA por la espalda, te añaden unos extraños suplementos impositivos del tipo “cubierto, x euros”, te pasan la minuta del licorzuelo de hierbas y jamás se permiten un desliz de los que sí abundan en la carta de platos.

A los pobres chinos no se les deja propina, o poca, son chinos, para que sí no gastan, todo el día metidicos en sus salones de comidas. Aquí, en cambio, toca dejar el propinón, o no somos nadie. Estos restaurantes, tristes, no satisfacen al epicúreo que llevamos dentro, es más, si por ese epicúreo fuera no existirían, pues jamás iría a ellos. A juzgar por el aforo, parece que la sensación debe de ser común.