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Posts Tagged ‘fiesta’

Hace poco leí una página estupenda sobre Hemingway y Pamplona en el Diario de Noticias de Pamplona. Se ha escrito mucho sobre Hemingway y Pamplona, sí, pero quizá no se haya pensado tanto. Se cumplen en 2009 cincuenta años de la Revolución cubana, pero también cincuenta años de la última visita de Ernest Hemingway a Pamplona, escritor enamorado de Cuba, como todos sabéis, en la que pasó temporadas durante veinte años. Enamorado también de las fiestas de San Fermín, extrañas novias geográficas las suyas. Quizá no tan extrañas. Porque la Pamplona sanferminera es lo más parecido a una Habana loca en la que, tras los velos tupidos del alcohol, a veces surge un inesperado espacio para el reencuentro humano. Ese es el triunfo de San Fermín, o lo era al menos antes, un indescriptible triunfo de la humanidad ante la rigidad burguesicapitalista. Y Hemingway lo supo describir en Fiesta.

Me gusta que Hemingway pasara por Pamplona. Nunca conocí a Hemingway, ni a nadie que le conociera, que hablara con él, que me contara una anécdota de él y Pamplona. Mis abuelos tenían un bar, el Ulzama, calle San Nicolás, pero creo que deberían haber colocado, sin faltar a la verdad, aquello de Hemingway never ate here (que viene significando: “Este es uno de los pocos bares de España en los que Hemingway no empinó su ilustre codo”).

Podríamos enrollarnos muchos sobre Hem,  pero no lo haremos, quizá otro día. ¿Cuántos pamplonicas han leído Fiesta? Me atrevería a decir que pocos. Nuestro antichovinismo connatural nos conduce a cosas como que a ningún centro educativo se le ocurra incluir ese libre entre las lecturas obligadas -o al menos sugeridas- de Secundaria. Sí, en cambio, el coñazo de La Celestina o la incomprensible, para un chaval de 17 años, Tiempo de silencio. Vi en Gómez a una chica con el libro, edición de bolsillo, y me alegré.

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En aquella página estupenda que he citado al comienzo de este post, se contaba aquel último viaje de Hem a Pamplona. Ya era premio Nobel, ya era una celebridad mundial, casi una figura de museo de cera andante, y el personal loquito por hacerse una foto con él. Me gustan mucho sus fotos con toreros como Ordoñez: eran años en los que aún pervivía como una elegancia en las formas, un estilo humano que hoy es pieza de museo invisible.

Se suicidó dos años después, en su casa de Ketchum, un 2 de julio de 1961. Tenía reservada su habitación de siempre en La Perla, la 217, el mismo hotel en que hace un par de semanas se hospedó otro legendario, Woody Allen. También había reservado su abono para la feria taurina de San Fermín’ 61. La vida seguía para él, la tenía prevista, planeada, organizada, pero cuatro días antes de que sonara el chupinazo, decidió tirar su propio cohete, el último, el que ponía fin a una vida de fiesta. ¿Tuvo algo que ver en tan dramática y romántica decisión la inminencia de la procaz y jolgoriosa fiesta de San Fermín? Quizá sí, porque vivir siempre de fiesta (París era una fiesta) puede resultar también terriblemente duro. La muerte es el silencio, dicen los poetas vivos, y puede que el bueno de Hem fuera lo que realmente andaba buscando.

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